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Discurso Gerardo Diego, Premio Cervantes 1979

  • Figura clave del 27, alternó la tradición y la vanguardia poéticas.
  • Catedrático, además de columnista, crítico literario, musical y taurino.
  • Elaboró las dos versiones de la Antología del grupo poético del 27.

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Discurso Gerardo Diego, Premio Cervantes 1979
Discurso Gerardo Diego, Premio Cervantes 1979

El Premio Cervantes 1979 fue concedido, ex aequo, al escritor argentino Jorge Luis Borges (Buenos Aires, 1899-Ginebra (Suiza), 1986) y a Gerardo Diego (Santander, 1896-Madrid, 1897). Éste últimó aprovechó su discurso para ensalzar a Borges y la amistad que les une desde 1920. Y elogia, asimismo, la gran labor de Miguel de Cervantes, manifiesta en su obra particular y en otra de inabarcable magnitud: "Cervantes se alzó con la monarquía del idioma por un puro azar de simpatía. Otros le superan en esto o en lo otro. Ninguno le alcanza en la virtud de congraciarse inmediatamente con el ánimo de cada lector, de hablarle -y sentir el lector que es así- de tú a tú, de corazón a corazón. Y por eso su lengua es ya hoy de todos y se ha convertido en el campo donde convergen americanos y españoles, poetas y eruditos, innovadores y arcaizantes, académicos y rebeldes...".

Discurso Jorge Luis Borges y Gerardo Diego, Premio Cervantes 1979

Discurso íntegro de Gerardo Diego

"Majestad: Entre mis vicios habituales no figura el de la ingratitud, y mis primeras palabras han de ser para ahuyentar su espectro monstruoso. Recibir de vuestras regias manos el Premio Miguel de Cervantes 1979 me parece un sueño, un sueño durmiente, y el comprobar que no es eso, sino un sueño despierto, tan inverosímil como es inmerecido el honor que representa, me llena de confusión estupefaciente. Y a vuestra Majestad, Reina Sofía, mi más profundo reconocimiento y renovado gozo por veros también aquí como lo que siempre habéis sido para mí, como un ensueño.

Sin juramento me podéis creer que quisiera que este breve discurso fuese discreto y juicioso y lo más digno posible de quienes recibí su honrosísimo encargo, de las Majestades y excelencias que hoy nos presiden y del cultísimo auditorio que en esta gloriosa reliquia de todas las Hispanias de España se ha congregado al solo nombre de Miguel de Cervantes, árbol de sombra inmensurable. La alteza del motivo disculpará tal vez mi presencia aquí.

Pero no es sólo la excelsitud del acto, sino su evidente, su urgentísima necesidad, su oportunidad inaplazable. Porque venimos, más aún que a ensalzar a Cervantes, a glorificar la que fue y es su obra maestra, a unificarla, a defenderla, a premiarla en sus cultivadores más abnegados. Porque esa obra se llama, sí, El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, pero abandera una sinónima que es de todos y para todos los que tuvimos la dicha de aprender a hablar en su propia y perpetua cuna, llamada por eso Lengua de Cervantes, Lengua Castellana o Española, el Español.

El año de Cervantes no existe, porque a partir de 1605 todos los años son suyos

El año 1980 puede y debe ser año de Quevedo, y el próximo, el 81, año de Calderón, como el 79 ha sido el de Gabriel Miró. Pero el año de Cervantes no existe, porque a partir de 1605 todos los años son suyos y todos los años tenemos que hablar juntos, velar juntos, rezar juntos cuantos vivimos, escribimos, poetizamos, soñamos la lengua de Cervantes, tenemos que desfazerla para volver a fazerla, a un tiempo fecha y desfecha, a la vez historia y pervivir, presente absoluto y universal de toda nuestra redonda familia que gira sin cesar sobre su eje para que nunca se ponga el son en su jota central ni en su pareja de vocales espejeantes: eje, hijo, hoja, ojo. Y al margen de estas faces vocálicas, simétricas, capicúas o no, las otras interjectivas, de rompe y rasga, sanchopancescas frente al quijotismo de las primeras. Cómo suenan aja, ujo, ajo. La más expresiva, simbólica de todas por arcaica, novísima e infalible, es oja, con hache y sin ella, porque la lengua es ante todo fonética.

Una lengua muere de su vida y vive de su muerte, inspira, respira, esto es, alienta, vegeta. Lo cató y lo dedujo -ujo, ujo, escaramujo- el hombre medieval, por ejemplo Hurtado de Mendoza el Viejo, lo filosofó y poetizó el renaciente. Ejemplo que me trae a la memoria la fuerza del consonante el maestro Fray Luis de León, tan querido por Miguel de Cervantes:

Recoge ya en el seno

el campo su hermosura, el cielo aoja

con luz triste el ameno

verdor y hoja a hoja

las cimas de los árboles despoja.

Todos los años, primaveras, otoños, son el año de Cervantes. Y por eso Miguel remuere todas las primaveras para renacer todos los otoños y cantar quijotesco contrapunto a la infinita melodía vegetal. Y esto no es quitar una mota de nobleza ni de originalidad a la perpetua primavera de Garcilaso, ni al frondoso verano de Lope, ni a la otoñada sazón de Gracián, ni al invierno soterraño de Jorge Manrique, ni a la divina parla de santa Teresa ni a la música callada de su discípulo y maestro san Juan de la Cruz. De un modo o de otro, la caída de la hoja la sintieron todos en sus pulsos. Góngora:

Yacía la noche cuando

las doce a mis oídos dio

el reloj de las estrellas

que es el más cierto reloj.

Calderón: De su pareja de sonetos de "El Príncipe Constante" el más famoso es el de las flores, "Éstas que fueron pompa y alegría". Antonio Machado le combate (y a los poetas españoles conceptistas de 1922 a 1935), sin darse cuenta de que arroja piedras contra sí mismo, como el "Señor San Jerónimo" de su copla:

Suelte usted la piedra

con que se machaca.

Me pegó con ella.

Él era entonces el enfático y barroco y no nosotros. Pues Calderón asciende a la más sublime poesía en el soneto de las estrellas, réplica al de las flores.

Esos rasgos de luz, esas centellas...

flores nocturnas son; aunque tan bellas

efímeras padecen sus ardores.

Pues si un día es el siglo de las flores

una noche es la edad de las estrellas.

Y finalmente podríamos presentar otros ejemplos de pulsaciones barrocas en Quevedo, Villamediana, Bocángel, Domínguez Camargo y tantos más hasta perdernos en la cifra amanerada del siglo XVIII.

Borges rememora que ya se declaraba quevedesco. Yo más bien pregongorino

Jorge Luis Borges y yo hemos sido premiados -lo diré con un latinajo que la jerga deportiva ha hecho aún más popular- ex aequo. El Jurado llegó al parecer a un atasco en su deliberación, y su Presidente, el Ministro de Cultura, al no poder desatar el nudo, no quiso cortar por lo sano, sino curar y empalmar piel adentro. La terapéutica propuesta quedó aprobada por unanimidad e implicó una ventajosa consecuencia, la duplicación de la recompensa. Ahorremos otro proverbio, esta vez de Teología, y felicitémonos. Y este juicio, más que salomónico sanchopancesco, me pone en el brete -exacto, justísimo, de plutarquismo y paralelo- de lo que el destino venía amagando para la vida y obra de dos amigos a lo largo de sesenta años.

Pero no sin recíproca felicitación entre el argentino y el español, por ser inocentes uno y otro de la ocasional herejía. Conviene que haya sido así. He dicho amigos de sesenta años porque son los que median entre 1920 y 1980. En nuestras conversaciones radiofónicas y televisuales o teleinvidentes de estos meses ha sido Jorge Luis, de más precisa y feliz memoria que yo, el que ha clavado fecha y circunstancia concreta, exacta, de nuestro primer encuentro: Madrid, 1920, tertulia nocturna del café Colonial. Yo añado mi recuerdo simultáneo, charla diurna en una cervecería de la plaza de Santa Ana. Borges rememora que ya se declaraba quevedesco. Yo más bien pregongorino.

Ocho años después me tocaba el turno frayluisiano. Y el Maestro de Salamanca lo fue de todos y para todos en meses que culminan durante mi residencia en Buenos Aires (con los breves paréntesis orientales -ya sabéis, uruguayos-). Entonces sí que hablamos más que sedentes, peripatéticos, por las largas avenidas y veredas de conventillos, a tres leguas diarias, por término medio, de esa ciudad que tan pronto se le incrusta a uno en el corazón. Y tantos temas nuevos. Lugones, Darío, Macedonio en sus maravillosos laberintos, Machado el bueno y Machado el hermano, Alfonso Reyes, Fernández Moreno, Ricardo Milinari, José Hernández, Delmira, Alfonsina o Juana o sor Juana Inés, Güiraldes.Ramón o Cansinos, Ortega o Unamuno, Huidobro, Vallejo, Larrea, qué sé yo ... Y no sólo los del gremio, también Carlos Gardel y el tango, los médicos uruguayos que empezaron a salvarme la vida, los futbolistas españoles con los que hice el viaje y salí a las canchas bonaerenses, e Ignacio Sánchez Mejías, Rey Pastor, mi casi pariente Ponciano y sus biógrafos, y las lecturas raras y preciosas y las visitas a Avellaneda y a los cementerios y los viajes a Córdoba y a Tucumán. La otra vida entrándose a raudales por todos mis poros y resquicios.

Pasan los años y llegan los últimos encuentros con las visitas de Borges a Gerardo en nuestras vejeces, él creciendo en su prosa, más hispánica que nunca, y descubriendo para estupefacción del mundo nuevos continentes y archipiélagos de matemática, ficcionada imaginación. Yo, más fiel cada día a mis manantiales espontáneos y artesianos pozos, siempre buscando la verdad, la sencillez, abrazando indisolubles el recuerdo y la aventura.

La prosa libre es otra forma de poesía. Una y otra deben llamarse Literatura

Cuando los premios literarios se otorgan con buena voluntad y honestidad de procedimiento, según es lo normal -y puedo asegurarlo porque tengo una larga experiencia como miembro juzgador en juntas, certámenes y deliberaciones- suelen traer beneficios en los que no se piensa al convocarlos. Tal ha sucedido ahora al emular al "Miguel de Cervantes", el "Ollin -y la Ollyntzin", que acaba de fundar la "Grandeza Mexicana". Y aplico este título que une a España, México, Jamaica, Puerto Rico en un verdadero símbolo de imperio. Cierto: México es una república, pero por su caudalosa y creciente población, la de más elevado índice de nativos; por la fabulosa superposición de culturas, etnias y ritos religiosos y fecundidad de mestizajes es, merece ser, un legítimo imperio, y prefiero esta palabra a los debatidos binomios y polinomios que tanto se prestan a confusiones e injusticias: indoamearicanos, hispanoamearicanos o americohispanos, latinoamericanos. O a las abreviaturas no menos embrolladas o embrollantes -Iberia, Indianidad, Latinidad, etc.

El nuevo premio que apenas anunciado ya augura otras siembras repercutidas en diferentes países, también rebosantes de ansias de elevación y orgullosas de sus siglos de creación literaria y de sus legendarios abolengos.

Óptica y ética hogareña o universal darán, deben dar, deben seguir dando, en manos de escritores poéticos y literarios, parejos y felices resultados durante nuestro fin de siglo y en siglos venideros.

Si no se ha roto ya la unidad del castellano y la amenaza de resquebrajaduras no ha conseguido ahondar hasta el despedazamiento hablas y literaturas de ulterior y siempre ardua federación intestina, ¿por qué los que trabajamos en nuestra común heredad no vamos a seguir el ejemplo de años, generaciones y pueblos que supieron conciliar la pluralidad con la libertad unitaria y la circunstancial pelea con el decisivo abrazo?

Hagamos, con nuestro tesoro milagroso, nuestra lengua universal, lo que ellos, los humildes, supieron con todo su corazón obrar gracias a su fe patria, su respeto a los mayores, su cariño a los párvulos y su liberal comprensión a las nuevas mocedades.

Y para ello no nos estrechemos a los ritos ambiciosos de la altísima poesía. También la prosa libre demanda nuestro esfuerzo y hoy comprendemos mejor que no es sino otra forma de poesía, y una y otra son y deben llamarse Literatura.

Para ello nada mejor que contemplar la breve historia de cuatro años y cinco premios que, restando uno, quedan también en cuatro. El arco que se levanta en curva airosa y elegantísima de Jorge a Jorge, de Guillén a Borges, pasa por los irisados reflejos y constelaciones de Alejo Carpentier y Dámaso Alonso. Sería difícil que en las cosmografías de cualquier otro premio anual se pueda aislar otro segmento parejo en cuatro promociones de arranque empalmado. El verso y la prosa dominados a la par con maestría e inspiración abarcan y definen lo que llamamos Literatura, Poesía, Novela, Teatro, Creación Lingüística y Estilística Crítica. Sí. El Premio Miguel de Cervantes mantiene su gallardía y su prestigio con sus cuatro dianas, de norte a sur, de oriente a occidente. Toda la exigencia y la limpieza de la más encumbrada Literatura. No podría ostentar otro nombre el nuevo premio.

Nadie alcanza a Cervantes en la virtud de hablar al lector de tú a tú, de corazón a corazón

Por decirlo en una sola frase más o menos acertada, en su simbolismo provisional, fruto de la intuición más que del estudio, Cervantes se alzó con la monarquía del idioma por un puro azar de simpatía. Otros le superan en esto o en lo otro. Ninguno le alcanza en la virtud de congraciarse inmediatamente con el ánimo de cada lector, de hablarle -y sentir el lector que es así- de tú a tú, de corazón a corazón. Y por eso su lengua es ya hoy de todos y se ha convertido en el campo donde convergen americanos y españoles, poetas y eruditos, innovadores y arcaizantes, académicos y rebeldes, seguros todos de hallar en ella el ejemplo de la medida de la audacia, del gusto por la fantasía y de la sinceridad en el humor.

Y no es que el idioma español haya de anclar inmóvil en la rada cervantina o en la bahía de nuestro revuelto siglo. Sin duda, navega y navegará alejándose cada día más de la lengua de Cervantes. Pero pensamos, y creo que con razón, mirando hacia atrás, que las nuevas rutas seguirán siempre el mismo norte marcado por la imantación de aquel piloto genial. En efecto, si Cervantes nos dejó ejemplo de conducta con el heredado idioma, lo hizo no por vía de cristalización, sino de libre, abierta y generosa fluencia, desdeñosa de menudos escrúpulos dramáticos, y alegre y nueva de movimientos y desembarazo. Así debemos escribir siempre españoles e hispánicos, reflejando en nuestra andadura literaria el modo resuelto, bizarro y noble de nuestra marcha por los caminos del mundo.

Lengua de Cervantes, modelo de Palmas o Montalvos, como de Valle-lnclán y Unamuno, o de Martí, Rizal o Darío. Lengua de Cervantes, semilla ayer y hoy árbol gigantesco cuya sombra nos ampara y reúne hermanando continentes y océanos. En ella nos encontramos siempre y nos encontraremos y, siguiendo su estilo, con ella nos salvaremos en la eternidad del espíritu.