Las claves de 'La bola negra': los Javis tocan la tecla mundial de la libertad
- Se estrena la película de Javier Ambrossi y Javier Calvo destinada a ser historia del cine español
- Ganadora de premios en Cannes y Toronto, es ya una de las favoritas para los Oscar 2027
No hay precedentes. Que una película española llegue a su estreno con enormes expectativas comerciales y, a la vez, con la perspectiva de convertirse en la película más reconocida en premios internacionales de la historia del cine español es inédito. Desde mayo en Cannes —donde se estrenó por los pelos—, La bola negra ha rodado hasta devenir en un enorme alud virtuoso. Arrebató a la prensa internacional en la Costa Azul y Netflix la adquirió allí mismo para distribuirla en Estados Unidos como su apuesta para los Oscar 2027 concediendo lo que nunca conceden: mes y medio de cine en las salas norteamericanas (La sociedad de la nieve, por ejemplo, apenas tuvo unos días).
Se da por hecho —por pronto que sea— que ganará el Oscar a mejor película internacional porque los pronósticos van más allá y le colocan una horquilla entre 8 y 13 nominaciones, incluyendo mejor película, dirección y guion e incluso se habla ya de la narrativa La bola negra vs. La odisea como el gran duelo para marzo.
Del lo hacemos y ya vemos a la leyenda en ciernes. Hace apenas cuatro meses, el delegado general de Cannes, Thierry Frémaux, reconocía no saber ni haber visto nada de los Javis antes de que enviaran la película al festival. Ahora, en el día del estreno de La bola negra en España y a tres semanas del estreno en EE.UU., son los auténticos nombres de moda del cine mundial.
Federico García Lorca quiso hablar por primera vez de la homofobia en una obra teatral que tituló La bola negra pero que en el momento de su asesinato apenas había iniciado. Soñaba que fuese un “drama realista” y que llegase a las masas: esa idea de popularidad lorquiana desactiva en parte cualquier crítica a la ambición de gran éxito y voluntad de llegar al gran público de la película de los Javis y le da una coartada orgánica. El mensaje de Lorca ha llegado 90 años más tarde a través de sus bisnietos.
De la ascética obra de Alberto Conejero a un circo de tres pistas
Lo escribió Ian Gibson en un prólogo de una edición de La piedra oscura, de Alberto Conejero - y lo cita en un diálogo de la película Glenn Close-: el hispanista Gerald Brennan opinaba que el miedo español al qué dirán era la causa de que descendientes o artistas fueran reticentes a compartir su correspondencia privada. En el caso de Lorca, la omisión fue durante décadas prohibición por su homosexualidad, y luego un pudor que fue abriéndose poco a poco.
Pero ni La piedra oscura, la obra teatral de Conejero que ocupa el núcleo del guion cinematográfico, ni la película de los Javis tratan directamente de Lorca. El único personaje real tratado es Rafael Rodríguez Rapún (Miguel Bernardeau), miembro de La Barraca y pareja intermitente de Lorca, que en pantalla interactúa herido en un hospital con su guardián, un soldado franquista ficticio (llamado Sebastián e interpretado por Guitarricadelafuente).
Se suele decir que las adaptaciones cinematográficas teatral tratan de airear la obra, pero en el caso de La bola negra amplía la trama de Conejero —dos personajes hablando en una cama de hospital— a una superproducción histórica-operística a la que añaden dos tramas más: una en el presente, en la que un nieto historiador (Carlos González) se topa con el pasado de Rodríguez Rapún; y otra, ficción dentro de la ficción, que recrea la obra inacabada de Lorca.
Los Javis no son unos radicales, sino más bien la culminación y celebración de lo que ya, al fin, puede ser mainstream. Hace 40 años, Almodóvar cerró La ley del deseo —película suicida por su temática abiertamente gay entonces— con Antonio Banderas como un San Sebastián aseteado. El santo e icono gay aparece citado en la espectacular escena de arranque de La bola negra, en la que el soldado Sebastián trepa una gigante estatua de su santo homónimo en una iglesia bombardeada.
Pese a poner el foco en la memoria histórica, el enfoque humanista, y casi se puede decir conciliador de los Javis, se centra en el cariño hacia sus personajes. Se reivindica la libertad perdida de la Segunda República (en el personaje de la cupletista que interpreta Penélope Cruz), pero no es solo que el soldado franquista sea accidental y una víctima, sino que incluso sus compañeros fascistas, llegado el momento, mostraran cierta comprensión hacia la amistad entre Rafael y Sebastián. La violencia y los bombardeos no tienen rostro, salvo el de un mando de aparición breve (Albert Pla): el antagonismo es la homofobia, personificado en el comité del Casino que rechaza la inclusión de los homosexuales votando con bolas negras.
La bola negra retrata las heridas de la opresión sobre la libertad sexual: en los personajes de hace 90 años, pero también en la herencia del presente. La arquitectura se convierte en una metáfora del estado mental de los personajes: serán los andamios de los artistas que pintan el Casino los que ayuden a Carlos a escapar de la destrucción; o la hija de Sebastián (Lola Dueñas), víctima de un abandono, vive en permanente construcción.
Canibalizar en cine de autor
Los Javis han citado a auténticos popes del cine de autor europeo como influencias visuales de su película: Béla Tarr, Tarkovski, Klimov o Pawlikowski (su compañero de premio a mejor dirección en Cannes) ¿Están convocados en las imágenes de La bola negra? Sí, en incontables encuadres y planos, pero no en el tempo y el montaje de la película, que es más convencional y acelerado que cualquiera de los citados.
Javier Ambrossi, Paweł Pawlikowsk y Javier Calvo con el premio 'ex aequo' a mejor dirección en Cannes. EFE/EPA/CLEMENS BILAN
Con todo, hay momentos de verdadera poesía: la secuencia inicial de la guerra y, sobre todo, la escena nocturna de los soldados en la playa, donde todos los temas de la película: el deseo disidente reprimido, la brutalidad masculina, se muestran sin un solo diálogo, contrastando con una apuesta generalmente subrayada, especialmente en su final, donde los temas se enumeran explícitamente.
Los Javis, como si fueran una IA avanzada, han ido mutando su estilo desde su debut. Desde la más convencional La llamada o Veneno, pasando por la imitación de las comedias de falsos documentales en Paquita Salas, no se puede decir realmente que tengan un estilo y marcas de autor concretas que atraviesen su obra. Si acaso les define cierto tono (comedia, humanismo, positividad sobre el drama, cierto sentimentalismo). Pero su salto de estética visual desde La Mesías es más que notable y continúa en La bola negra.
Si el posmodernismo se define por canibalizar cualquier estilo pasada a base de citas, los Javis ponen al cine de autor más prestigioso al servicio de su estética en innumerables planos bellamente fotografiados (bajo la dirección de Gris Jordana). En ese sentido, forma y fondo concuerdan en La bola negra: su trama también se basa en la acumulación, en el más es más, del que salen airosos.
Imaginar no a Lorca, sino a su obra
De Lorca dijo Luis Buñuel que “la obra maestra era él”. Hay mil testimonios de su magnetismo, pero ninguna grabación de su voz. La bola negra —lo han recordado los Javis— no es una película sobre Lorca, pero sí imagina La bola negra de Lorca: apenas cuatro cuartillas en la que el dramaturgo inició una obra teatral destinada a ser una obra autobiográfica.
A Lorca le dio tiempo a enumerar los personajes y escribir una escena que aparece tal cual en la película de Ambrossi y Calvo: Carlos (Milo Quifes), el atribulado joven de una familia burguesa, dialoga con su hermana (Natalia de Molina), que lamenta que las restricciones sociales machistas le impiden vivir libremente. “Si yo fuera un hombre como tú no pensaría, nunca. Me gustaría andar, irme a los ríos, trepar a los árboles”, expone. Y añade a su hermano al ser preguntada por los motivos de no hacerlo: “Porque soy mujer. Y me conformo con ser mujer. Por mi gusto, tiraría a la jabalina, pero debo endulzar naranjas”.
Lorca lo llamó "drama de costumbres actuales" y aunque no escribió más, si detalló en cartas más intenciones de la obra. En Pasolini, Abel Ferrara se atrevió a poner imágenes Porno-Teo-Kolossal, la película que nunca pudo filmar el cineasta italiano. En un salto mortal análogo, los Javis desarrollan La bola negra aprovechando las indicaciones de su creador: el movimiento más audaz de la película en sus escenas finales, cuya valentía se empasta con otras más sentimentales —que bien redondean al espectador que se emocione o dejan a medias al que no entre— sobre las que cala el poderoso mensaje de la Nieve, como personaje lorquiano, urgiendo a vivir la vida con libertad: solo existe el ahora.