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La sonrisa de Van Morrison ilumina el Botánico de Madrid

  • El músico irlandés repasa sus trabajos más recientes en el primero de sus conciertos en Las Noches del Botánico
  • Van Morrison reservó para el final algunos de sus éxitos, con un público entregado al que ofreció algunos guiños
Van Morrison, en las Noches del Botánico de Madrid
El cantante y compositor británico Van Morrison, durante el concierto de las Noches del Botánico EFE/Víctor Lerena

Que alguien sonría no es noticia. Que lo haga Van Morrison sí, por lo inhabitual del gesto. Tal es la (bien ganada) fama de huraño y cascarrabias del genio irlandés, que el martes ofreció en Madrid el primero de sus dos conciertos —repite este miércoles— dentro de la programación de Las Noches del Botánico. Y en el que los asistentes pudimos intuir que Van 'The Man', esta vez, estaba de buen humor.

Desde luego, nadie elegiría a Van Morrison como relaciones públicas; pero si hablamos de música, eso es otro nivel. Con 82 años, más de 60 de carrera y casi medio centenar de discos de estudio, el León de Belfast sigue ofreciendo actuaciones de altísima categoría, centradas en géneros clásicos como el blues, el soul o el jazz, y sin demasiadas concesiones a su exitoso pasado, lo que siempre origina alguna decepción en parte de sus seguidores.

Con Van Morrison hace tiempo que el debate dejó de ser qué canciones interpreta. Lo verdaderamente importante es el hecho de poder seguir viendo sobre un escenario a una de las grandes leyendas vivas de la música, dueño todavía de una voz prodigiosa y de una autoridad escénica intacta.

Un oasis para los amantes de la música

Morrison debe sentirse a gusto en el Botánico, un festival al que acudió el año pasado por primera vez y en el que ha pedido repetir en este. No es extraño, ya que el recinto madrileño es un auténtico oasis para los amantes de la música, en el que el cartel, sobresaliente un año más, está a la altura del entorno, la organización y las instalaciones.

Bajo un calor sofocante y dos minutos antes de la hora prevista, las 20:30, Van Morrison apareció en el escenario con su atuendo habitual: traje azul y camisa, gafas de espejo y sombrero panamera blanco con un ribete azul. Arrancó la banda atacando Deep blue sea, parte de su último disco de estudio, Somebody tried to sell me a bridge, en el que alterna versiones de clásicos con temas propios, y en el que basó el grueso de su espectáculo. En las gradas y en la pista, los abanicos se movían a ritmo de soul y rhythm & blues, con un público abrasado por los más de 35 grados y el sol que aún tardaría más de una hora en ponerse en Madrid.

Pero la temperatura no les impidió disfrutar de un show con sabor añejo y sonido impecable gracias a una banda engrasada, a cuyos miembros Van Morrison ofrece la oportunidad de lucirse con solos de una pulcritud y corrección infinita, sin robar en ningún momento el protagonismo a la estrella de la noche. Kidney stew blues, Madame butterfly y Snatch it back and hold it, todas de su trabajo más reciente, fueron calentando al personal, con el genio irlandés mostrando sus habilidades con el saxo alto y la armónica.

La entrada a escena de los metales, a cargo del saxofonista Richie Buckley y del trompetista Matt Holland, dio aún más consistencia a la banda, inmersa en la revisión de varios temas de Remembering now, su disco de 2025, todos de cosecha propia: Down to joy, Back to writing love songs —en la que escuchamos por primera vez dar las gracias al público— y una hermosa The only love I ever need is yours, con Davy Keary maravillando al público con un estremecedor solo de guitarra española.

Van Morrison, en las Noches del Botánico

Van Morrison, durante un momento de su actuación en el Botánico de Madrid Ricardo Rubio Ricardo Rubio / Europa Press

Homenaje a Ray Charles

Ahí empezamos a intuir que Van Morrison estaba a gusto en el escenario, disfrutando y haciendo disfrutar al público con el blues de Play the honky tonks y el sonido clásico de When the rain came. Y la cosa fue a más, con el homenaje que rindió a su maestro y amigo Ray Charles, a quien dedica su tema If it wasn't for Ray y de quien interpretó dos de sus imprescindibles: I believe to my soul —que ya aparecía en el magistral It's too late to stop now de 1974, uno de los mejores discos en directos de la historia— y The right time.

Pero lo mejor estaba por llegar. Tras casi una hora de concierto y con el sol al fin dando un respiro, los metales introdujeron Real, real gone y el público estalló con, esta vez sí, uno de los clásicos de Van Morrison, con homenaje a Sam Cooke incluido y protagonismo para la prodigiosa voz de Sumudu Jayatilaka, quien se ocupó de los coros junto a Jolene O'Hara.

"Eso es todo amigos", bromeó (¡bromeó!) el artista, que con una sonrisa cómplice dio a entender a su público que, pese al anuncio, esta vez no iba a protagonizar una de sus antológicas espantadas y que todavía teníamos concierto por delante: exactamente 30 cronometrados minutos.

Van Morrison, en las Noches del Botánico

Un momento de la actuación de Van Morrison en las Noches del Botánico Ricardo Rubio Ricardo Rubio / Europa Press

Despedida doble

"Ain't gonna moan no more", con su aire de blues callejero, nos ofreció uno de los mejores solos de saxo de Van Morrison, quien volvió a hurgar en el pasado para interpretar "Enlightenment", una delicada melodía de aires folk en la que el cantautor expresa sus dudas metafísicas.

La recta final fue puro sonido clásico: Early in ther mornin, Goin' down Geneva y, para concluir —aparentemente—, Moondance, uno de sus temas imprescindibles en una versión que resalta su tono jazzístico.

Todo hacía indicar que el concierto estaba a punto de terminar: Van Morrison enfiló el camino de salida del escenario y, como es habitual, dejó a la banda interpretando los acordes finales del tema. Pero algo debió de cruzarse por la cabeza del genio, quien decidió dar la vuelta para instar a sus músicos a atacar Gloria, la canción con la que un joven Morrison alcanzó su primer éxito en 1964, cuando aún militaba en la banda Them.

Con el público plenamente entregado y coreando el inmortal estribillo, esta vez sí, el León de Belfast abandonó el escenario —y el recinto— y dejó que sus músicos dieran una última muestra de maestría mientras él ponía rumbo al hotel. Ni una protesta entre los asistentes que, sabedores de que Van Morrison habitualmente no ofrece bises, enfilaron resignados el camino de salida.

Quizá Van Morrison no vuelva a sonreír en público en mucho tiempo. Tampoco hace falta. Mientras conserve una voz así y siga rodeándose de una banda de este nivel, el gesto seguirá siendo anecdótico. Lo verdaderamente extraordinario es poder seguir disfrutando de su presencia sobre un escenario.