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Golpes, chantajes y otras formas de violencia de género en el embarazo: "Me sentía completamente atada y él lo sabía"

  • La violencia física, pero también la emocional o la económica amenazan la salud de la madre y del bebé
  • Las consultas con las matronas se revelan como claves para detectar a mujeres en riesgo de maltrato machista

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Una mujer embarazada llora en una imagen de archivo.
Una mujer embarazada llora en una imagen de archivo.

Imaginamos el embarazo como una etapa de ilusiones compartidas, planes y cuidados, pero para Alicia se convirtió en soledad, ansiedad e indefensión. Los golpes llegaron poco más tarde, cuando la bebé que dio a luz cumplía los siete meses. “Me sentía completamente atada, y él lo sabía”, recuerda esta mujer, que ha preferido usar un nombre falso para proteger su identidad. Hace tres años, sobrevivió a la violencia de género perpetrada por el hombre con el que había pasado más de una década de su vida.

Los malos tratos se revelaron justo en el momento en el que ella era más frágil. La “mala leche”, los cabreos “muy puntuales” de ese hombre “tranquilo” y “encantador” evolucionaron a frialdad, primero, y a insultos despiadados y agresiones después. “He llegado a la conclusión de que en aquel momento él decidió que ya me tenía segura. Sabía que yo no quería ser madre soltera”, reflexiona Alicia en una conversación con RTVE.es.

Una de cada cinco embarazadas, en riesgo de ser víctimas

No existe una cifra oficial de víctimas de la violencia machista durante el embarazo, aunque si buceamos en las historias de las 1.174 mujeres asesinadas en España desde 2003 (Mil Mujeres Asesinadas, del Lab RTVE), encontramos al menos 17 casos. Pero los crímenes de Elvira, Warda, Carolina, Vianca o María Dolores son solo la punta del iceberg, la manifestación más extrema. Así, la prevalencia incluyendo los distintos tipos de violencia estaría entre el 17% y el 23% de las gestantes, de acuerdo con dos estudios de la Universidad de Granada publicados en 2022 y 2016.

"Tuve que ingresar en el hospital por contracciones"

“La violencia física, que es lo que más impacta, es menor. Pero la violencia emocional, la psicológica, la ambiental o la económica también tienen repercusión sobre la salud de la mujer (...) Son mujeres que pueden tener más complicaciones del embarazo, mayor probabilidad de desarrollar hipertensión, diabetes gestacional, amenaza de parto prematuro…”, asegura Juan Miguel Martínez Galiano, profesor de enfermería en la Universidad de Jaén, y recuerda que todo ello también afecta a nivel físico, psíquico y social al bebé.

Alicia da buena cuenta de cómo el maltrato psicológico caló en su salud. “Una vez estando embarazada de cinco meses me echó de casa. Se enfadó mucho y, aunque yo tenía el coche preparado para irme, me cerró la puerta de malas maneras. Esa noche tuve que ingresar en el hospital por contracciones. No se molestó ni en venir”, relata. Meses más tarde, rompió a llorar durante el parto porque el que era su pareja y es el padre de su hija se fue a casa mientras ella dilataba: “Me sentí muy sola”.

Por eso, opina Martínez Galiano, es llamativo que no existan protocolos y formación específica para un problema (social y sanitario) que aparece con mayor frecuencia que otras complicaciones como la diabetes gestacional, la hipertensión o el defecto del tubo neural. La Sociedad Española de Ginecología y Obstetricia aboga por un cribado universal de violencia de género en sus consultas y tanto el Ministerio de Sanidad como las comunidades autónomas han publicado recomendaciones al respecto, pero “cuando nos trasladamos a la realidad clínica asistencial, no se refleja ni en cuanto a dedicación de recursos ni de tiempo”, denuncia el experto.

De la vulnerabilidad antes del parto al riesgo de violencia vicaria

Los sanitarios ponen el foco en el maltrato machista durante la gestación porque, además de ser una seria amenaza para la salud de la mujer y del bebé, es un momento que implica un aumento del riesgo. “Suelen ser mujeres que ya padecen violencia de género por parte de sus parejas, pero durante esa etapa, dado que son más vulnerables y pueden hacer menos cosas, tiende a acuciarse”, explica Irene Ramírez, abogada y colaboradora de la Comisión para la Investigación de Malos Tratos a Mujeres.

Pero el problema no cesa con el fin del embarazo y puede derivar también en violencia vicaria, cuando el agresor daña a una hija o un hijo con el objetivo de causar dolor a la madre.​​​​ Alicia cuenta que la agresividad de su expareja aumentó aún más con el nacimiento. “Insultaba a mi hija de un mes porque lloraba y él no era capaz de soportarlo”, ejemplifica. Tanto es así que llegó a pasar semanas sola en la ciudad, en el paro, porque le habían despedido estando embarazada. Tomaba medicación para descansar, apenas dormía por la depresión posparto y padecía una “ansiedad brutal”: “En el momento más vulnerable de mi vida, me atacó con mi hija en brazos”.

Sucedió cuando la niña tenía siete meses y él la había convencido de trasladarse al pueblo donde vivía. En aquella casa aislada, tras una disputa, la golpeó y arrastró. La amenazó de muerte. “Tuve muchísimo miedo porque yo veía en su mirada que no era la persona que yo pensaba. No me pegaba rojo de ira, me estaba pegando con una media sonrisa en la cara y una mirada reptiliana”, rememora Alicia, que al día siguiente logró escapar.

Fue un punto de inflexión en su relación y, aunque reconoce que le costó mucho dar el paso, acabó denunciándolo. “Lo hice por mi hija, sentía que estaba en peligro”, afirma, tras un relato en el que se reflejan otras muchas víctimas embarazadas o madres recientes con las que ha tratado la abogada Irene Ramírez.

“Es muy complicado que las mujeres denuncien y, ya no solo eso, sino que luego sigan el procedimiento. Muchas retiran las denuncias principalmente por asfixia económica, porque van a tener un hijo y lo tienen que mantener. Además, el sentimiento de culpabilidad nace porque el agresor las culpa de estar rompiendo ellas a la familia. Muchas están solas o no tienen familiares o de amigos a su alrededor, porque sabemos también que los maltratadores tienden a apartar a la mujer de sus círculos. Ellas necesitan la protección y la estabilidad que creen que les da el marido”, expone a este respecto la letrada colaboradora de la Comisión de Investigación de Malos Tratos a Mujeres.

Detectarlo desde las consultas médicas y de enfermería

Ante esta dificultad es importante facilitar la salida a las que lo necesiten. El proyecto STOP, desarrollado desde la Universidad de Granada y el Hospital Universitario de Odense (Dinamarca), ha probado con 2.000 mujeres la utilidad de un sistema de detección de la violencia de género en las consultas de las matronas, cuando se acude para el control del embarazo.

“No es muy eficaz preguntarlo directamente, porque eso va a generar seguramente un rechazo”, explica el catedrático de psicología experimental Jesús López Megías, quien ha participado en la iniciativa. En cambio, con instrumentos como un test sencillo, de un par de preguntas, han sido capaces de identificar a las mujeres en riesgo de estar en una situación de maltrato. En ese caso, un segundo cribado más específico permitía confirmar o descartar la sospecha.

Para ese 17% de madres en riesgo de violencia de género, el proyecto STOP ofrecía acompañamiento psicológico por videollamada. “Los resultados muestran que unas pocas sesiones son muy eficaces, cuando se detecta a mujeres sobre todo en fases iniciales de violencia psicológica. También hemos detectado algunos casos de violencia muy graves que hemos derivado a los recursos ya existentes”, agrega el investigador.

En la región de Dinamarca en la que se ha probado este método, ya lo han incorporado al sistema de salud y López Megías aspira a convencer a los servicios sanitarios de Andalucía. De hecho, quieren ir más lejos: “Nos planteamos ver cómo funcionaría esta detección desde las consultas de pediatría, porque previo al parto es un momento un poco delicado para la toma de decisiones”.