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Cine

'La crónica francesa': Wes Anderson se estanca pero no se agota

  • El cineasta profundiza en su sofisticada artificiosidad con un homenaje a The New Yorker

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Fotograma de 'La crónica francesa'.
Fotograma de 'La crónica francesa'.

Es prácticamente imposible no sentir fascinación, por mínima que sea, con el cine de Wes Anderson. El arte posmodernista fue definido por sus teóricos como la canibalización aleatoria de todos los estilos del pasado, un juego de citas innumerables, un collage de material antiguo recombinado. Llevamos 40 años de posmodernismo y quizá se está haciendo largo, pero nunca tiene tanto encanto como en las películas del cineasta estadounidense.

La crónica francesa parte de tres deseos de Anderson: realizar una película de episodios, mostrar Francia y, sobre todo, The New Yorker. El semanario de majestuosos reportajes que inflamó su infancia y juventud transmuta en su película en una revista llamada La crónica francesa (The New Yorker) que escribe crónicas desde una ficticia ciudad llamada Ennui (París) para Kansas (para nadie).

Tras la muerte del editor (Bill Murray) se repasan cuatro reportajes de la última edición que componen los cuatro capítulos de la película. Primero, una guía de Ennui que sirve como prólogo colorista. A continuación, el más sólido: una crónica sobre la relación de un preso-artista marginal (Benicio del Toro) con su musa-carcelera (Léa Seydoux) y su mecenas (Adrien Brody). Después, el más poético: la recreación de una revolución estudiantil a cargo de una escritora feminista (Frances McDormand) y del amor de sus líderes (Timothèe Chalamet y Lyna Khoudri). Finalmente, el más estrambótico, el reportaje sobre el exquisito chef (Stephen Park) del prefecto de policía (Mathieu Almirac) al que secuestran a su hijo.

Lyna Khoudri, Frances McDormand y Timothèe Chalamet. Twentieth Century Fox Film Corporation

Cine animado con actores

Para un cineasta tan controlador de todos los elementos de la imagen, probar la animación en Fantástico Mr. Fox (2009) ha sido un punto de no retorno. Lo que ya se apuntaba en Moonrise kingdom llegó a su paroxismo en El gran Hotel Budapest: lograr una película real que parece animada. E instalado ya en ese lenguaje, poco importa si se trate ya de stop-motion, como en Isla de perros, o de actores como en La crónica francesa, aunque haya matices en tener muñecos de plastilina o a Frances McDormand en un primer plano.

Anderson ha encontrado su nuevo estilo encajando a sus personajes en miniaturas, falsas perspectivas, y todo tipo de trucajes que beben de una era más artesanal del cine y que solo puede compararse en el panorama actual con su homófono Roy Andersson.

Bill Murray en 'La crónica francesa'. Twentieth Century Fox Film Corporation

En las fantasías cartesianas de Anderson los actores están clavados en su marca: es como jugar a los ‘clicks’ con estrellas de cine. Todo es precisión. La cámara es la protagonista absoluta a la que se supeditan todos los movimientos de los actores. Los gags visuales no se detienen. El ritmo de ideas casi atropella el visionado y pide detener el tiempo para recrearse.

Nostalgia de la literatura

La película está atravesada de la nostalgia en la que las narraciones escritas, periodísticas o literarias, eran relevantes para entender y formarse opinión sobre el mundo. Todos los personajes de La crónica francesa están basados o son una combinación de firmas míticas de The New Yorker: Janet Flanner, Joseph Mitchell, James Baldwin o Mavis Gallant, a los que dedica la película.

Elisabeth Moss, Owen Wilson, Tilda Swinton, Fisher Stevens y Griffin Dunne. Twentieth Century Fox Film Corporation

El peligro de tanto encanto formal es que muchas veces eclipsa la complejidad de las citas que hay tras el brillo. Un ejemplo: la reclamación de los estudiantes para iniciar la revuelta basada en el Mayo del 68 es poder acceder a los dormitorios de las chicas. Lo que parece una tierna trama andersoniana fue una de las demandas reales de Daniel Cohn-Bendit para resolver “el problema sexual de los estudiantes”.

Si se le aparta la envoltura periodística, el corazón de La crónica francesa habla del arte. Es fácil advertir en el director del periódico (un Bill Murray inspirado en Harold Ross, fundador de The New Yorker) que vertebra la entrada y salida de cada capítulo, el papel del propio director de cine, sacando lo mejor de su equipo. Y la tensión del artista con el mercado vertebra la trama del preso pintor y su protector, tan amante de la pintura como del dinero.

Imagen de 'Ennui', recreación de París en 'La crónica francesa' Twentieth Century Fox Film Corporation

Como sucede a veces con Tarantino, el otro pope posmoderno, el viaje es tan intenso que se perdona el peaje del final atropellado del último episodio (en el que se homenajea el cine polar francés). Las variaciones que Anderson puede hacer de su fórmula son infinitas. Al mismo tiempo, en una metáfora subrayada en la película, el chef que ha probado el veneno queda ensimismado porque, aunque mortal, al menos contenía un sabor nuevo: un aviso de que la búsqueda de la originalidad no termina nunca.