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Elecciones en México

México: la hora de los votos después de las balas

  • Tras una violenta campaña, el país celebra unas elecciones legislativas y locales en las que se vota, sobre todo, en clave nacional
  • A punto de llegar al ecuador de su sexenio, López Obrador pone su popularidad al servicio de su partido

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La votación en México se produce con normalidad, aunque con incidencias aisladas

Las cifras que rodean a la elección de este domingo en México son de vértigo. En plena pandemia, están llamados a las urnas más mexicanos que nunca, 93 millones, y nunca antes habían tenido que elegir a un número tan alto de cargos públicos: 20.500. Se vota por regidores, síndicos, presidentes municipales, alcaldes, gobernadores, diputados estatales o federales y, sin embargo, todo parece girar en torno al presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, cuyo puesto no está en juego. A punto de llegar al ecuador de su sexenio, pone su popularidad al servicio de su partido, Morena, que aspira a revalidar su mayoría absoluta en el Congreso y a arrebatar a la oposición alguno de los 15 gobiernos estatales en liza.

Por las dimensiones de los comicios, las papeletas, casi 104 millones, empezaron a imprimirse a mediados de abril. Pasados dos meses de violenta campaña, algunos de los nombres registrados por los partidos se han quedado por el camino. A 36 candidatos los han asesinado y en torno a 100 se han apartado (o les han apartado) de lucha electoral después de sufrir ataques o amenazas.

Privados del derecho a votar

En algunos rincones del país, el crimen organizado u otros actores locales han impuesto su ley del plomo, limitando el margen de elección de los votantes. En otros lugares, no van a permitir directamente que la gente pueda votar al impedir que lleguen las urnas. El Instituto Nacional Electoral (INE) calcula que no podrá instalar unos 300 centros de votación. Es un porcentaje ínfimo del total de 162.000, y en ocasiones es la población, desengañada de las elecciones, quien las rechaza, pero en otros se privará a ciudadanos de ejercer un derecho tan básico como votar.

El presidente, Andrés Manuel López Obrador (AMLO) ha relativizado, sin embargo, su gravedad. Durante toda la semana previa a las elecciones, ha venido insistiendo en que no hay ningún problema de gobernabilidad en el país y en que se dan las condiciones para ir a votar. Ha afirmado categóricamente que "hay paz y tranquilidad en el país" y ha repetido machaconamente en que hay que ir a votar.

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La tentación de incidir en la elección

El presidente mexicano no puede intervenir en el proceso electoral, tiene que ser neutral, pero López Obrador se mueve siempre en el filo de la navaja. Dispone del altavoz diario de "las mañaneras", como se conoce a las ruedas de prensa que da lunes a viernes. Suelen durar unas dos horas, en las que da su opinión sobre todo lo que ocurre en el país, le pregunten por ello o no. No ha renunciado a ellas en toda la campaña y el INE, que ejerce de árbitro electoral, le ha sancionado varias veces, obligándole a retirar de sus redes sociales algunas de "Las Mañaneras". AMLO lo ha atajado a regañadientes, no sin antes acusar al INE de estar al servicio de la oposición.

López Obrador no se presenta a estas elecciones, pero sabe que le conviene estar presente. Es una figura polarizadora. Genera el rechazo absoluto de una parte de la población, los que él llama "fifis" (clases altas conservadoras), pero conversa el apoyo mayoritario del resto, sobre todo, de la mitad más pobre e históricamente olvidada, a la que van dirigidas sus políticas y discursos.

A punto de llegar a la mitad de su sexenio, el presidente cuenta con una aprobación del 60% y una capacidad de arrastre que no tienen su partido, Morena, ni sus aliados. Estas formaciones aspiran revalidar la mayoría absoluta en el Congreso que ya obtuvieron hace tres años.

Las encuestas dicen que podrían conseguirlo, pero estarían lejos de alcanzar una mayoría cualificada, que les permitiría cambiar la constitución y lograr así sacar adelante algunas reformas, como la energética, que entran en conflicto con la Carta Magna.

Su otro objetivo es ampliar su poder territorial. Los 15 gobiernos estatales en juego, salvo Baja California Sur, están en manos de la posición. Morena tendría opciones de arrebatarles entre 8 y 10 de ellos.

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La oposición, que todavía no se ha repuesto del tsunami morenista de junio de 2018, ha decidido presentarse unida. Los tres partidos tradicionales, PRI, PAN y PRD, los que antes abarcaban todo el limitado espectro político mexicano, de centroizquierda a centroderecha, han formado la coalición "Va por México". Su fusión no parece que vaya a traducirse en más representación en el Congreso pero algunos de estos partidos sí podrían conservar algunos de sus bastiones estatales en el norte del país. El Movimiento Ciudadano, que va por libre, también tiene opciones de llevarse los gobiernos de Nuevo León y en Campeche.

Más allá de las batallas territoriales, están midiendo sus fuerzas en las urnas dos formas ver y entender el país, completamente opuestas. La oposición plantea estas elecciones como una elección entre democracia y autoritarismo. El gobierno las ve como la oportunidad de dar el empujón definitivo a su proyecto de transformación del país en favor de los pobres.

Sea cuál sea el resultado, decidan lo que decidan los electores, nada indica, sin embargo, que México vaya a ser mañana un país menos polarizado que hoy.