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La otra vida de las mineras

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Con la minera Macaria Alejandro, en la comunidad de Japo

El departamento de Oruro, en el altiplano de Bolivia, está sobre una interminable meseta a gran altura, rondando los cuatro mil metros. A hora y media de la ciudad de Oruro, en medio del inmenso vacío del altiplano, hay varias comunidades mineras. Las mujeres que viven en estos lugares remotos son las destinatarias de un proyecto llevado a cabo por el CISEP, Centro de Investigación y Servicio Popular. Se trata de una institución creada por los jesuitas en Bolivia y que cuenta con la ayuda de Manos Unidas, la ong de la Iglesia española.

En todas estas comunidades hay establecidas pequeñas cooperativas mineras cuyos socios son los vecinos del lugar. Las condiciones de vida de sus habitantes son muy duras. Las viviendas no cuentan con los servicios básicos y hay una elemental atención médica y educativa muy lejos de lo deseable.

El proyecto consiste en crear unidades productivas textiles para que las mujeres de estas comunidades mineras consigan unos ingresos. Además se ha conseguido que las mujeres asuman un protagonismo familiar, social y también cultural pues, tradicionalmente, su papel ha quedado muy relegado a las cuatro paredes de la casa.

La llegada de los talleres a estas comunidades mineras ha revolucionado la vida de muchas familias. Las mujeres se han encontrado con la primera oportunidad en su vida de demostrarse a sí mismas y a sus maridos que pueden contribuir a la incierta y frágil economía de las familias mineras. Además, el proyecto ha llevado a la reflexión y al cambio de actitud ante la violencia que sufren muchas mujeres en sus casas.

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