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Análisis | Nicaragua

Daniel Ortega avanza hacia un régimen semidictatorial y personalista mientras la oposición busca un frente unido

  • El presidente nicaragüense busca consolidar su poder con la detención de candidatos y excompañeros
  • La oposición tendrá pocas posibilidades en las elecciones previstas en noviembre
  • Cristiana Chamorro podría ser la figura que unificara a los principales partidos

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Imagen de archivo de Daniel Ortega, presidente de Nicaragua. Foto: INTI OCON / AFP
Imagen de archivo de Daniel Ortega, presidente de Nicaragua.

Nicaragua tiene previsto celebrar elecciones generales en noviembre de 2021, pero las perspectivas de que el proceso electoral sea democrático y libre son poco realistas. La pareja formada por Daniel Ortega, que ocupa la presidencia desde 2007, y su esposa, Rosario Murillo, vicepresidenta, se ha asegurado de que su poder difícilmente sea contestado en las urnas, según analistas consultados por RTVE.es

A las detenciones de posibles candidatos opositores se sumaron el pasado fin de semana las de cinco disidentes sandinistas, algunos de ellos excompañeros de Ortega en la guerrilla que derribó a Anastasio Somoza en 1979. Más de un centenar de opositores están en prisión y un número indeterminado ha optado por el exilio.

Tanto la Organización de Estados Americanos (OEA) como la UE han pedido la liberación de los detenidos, mientras Estados Unidos habla de "campaña de terror" y califica al régimen de Ortega de "dictadura".

"Hace tiempo que no es una democracia", asegura a RTVE.es Salvador Martí, catedrático de Ciencias Políticas de la Universidad de Girona e investigador asociado del CIDOB-Barcelona. "Ha habido un proceso de deriva autoritaria. El primer mandato de 2007 era una democracia de baja calidad, luego se convirtió en un régimen híbrido. Pero en el último bienio, desde la ola de protestas de 2018, la deriva ha sido autoritaria. No hay elementos para considerarlo una democracia, un estado de derecho".

Las elecciones en Nicaragua van a dar muy poco espacio a la oposición, ni siquiera para poder hacer de comparsa

Martí utiliza el término "elecciones autoritarias" para describir los comicios organizados por regímenes no democráticos. "Algunas dan más juego a la oposición, otras menos. Las elecciones en Nicaragua van a dar muy poco espacio a la oposición, ni siquiera para poder hacer de comparsa, porque todas las formaciones que se oponían de forma timorata al régimen están siendo ilegalizadas y sus líderes encarcelados".

Carlos Malamud, investigador principal para América Latina del Real Instituto Elcano, va más lejos y califica el gobierno de Ortega de "neosomozista". "Con los Somoza, los lazos familiares eran fundamentales y el poder se transmitía dentro de la familia. En el régimen Ortega-Murillo está pasando prácticamente lo mismo".

"En los últimos años, a medida que el respaldo social al régimen se debilitaba, el fraude u otras medidas de control se han incrementado, y se han dictado varias leyes, en un parlamento que el régimen tienen controlado, para limitar las opciones de la oposición", añade Malamud.

Estrategia para hacer imposible la unidad opositora

El analista del RIE compara el "dilema" de la oposición nicaragüense con el de la venezolana: "participar o no en un proceso muy condicionado, donde las reglas no son igualitarias y la cancha está inclinada a favor del gobierno".

Aun así, Malamud cree que los opositores deberían participar para "movilizar a sus seguidores y mostrar la vocación represiva del Gobierno". Y que deberían hacerlo unidos.

La reciente oleada de detenciones responde precisamente a una estrategia medida de Ortega para impedir el surgimiento de una alternativa electoral unificada, explica Martí.

Las principales fuerzas opositoras (Unidad Nacional Azul y Blanco, UNAB, una amalgama de organizaciones sociales y políticas; y Ciudadanos por la Libertad, un partido liberal vinculado a los empresarios) estaban aún en pleno proceso de primarias. De estos hipotéticos candidatos, cinco están hoy presos.

El temor del régimen es que estos partidos pudieran coaligarse bajo el liderazgo de Cristiana Chamorro, hija de la expresidenta Violeta Chamorro, que se encuentra retenida en su propia casa desde mayo. Una candidatura así podría suponer un peligro para Ortega, que hasta ahora se ha beneficiado de la división de sus contrincantes.

"Uno de los efectos de la represión ha sido crear una cierta unión frente a Ortega - considera el catedrático de la UdG - Hasta hace una semana la oposición estaba desunida, esto ha podido unirla, pero no sabemos para qué".

No obstante, de momento la principal tarea de los opositores es sobrevivir. "La gente tiene miedo, no está movilizada como en el 2018", traslada Martí.

Incierto futuro de un régimen personalista

Carlos Malamud insiste en que el objetivo de Ortega y su esposa es "perpetuarse en el poder" todo lo posible (el presidente tiene 75 años) y "sentar las bases de una dinastía gobernante".

El control de los resortes del poder por familiares cercanos "es muy importante", recuerda Malamud. Por ejemplo, el jefe de la Policía es el consuegro de Ortega. "Favorece la reproducción del sistema y explica por qué destacados dirigentes exsandinistas, como Dora María Téllez, que ha sido detenida, o Sergio Ramírez, están claramente en contra de este gobierno".

Salvador Martí advierte que el "régimen dinástico y personalista" que está configurando Ortega "tiene expectativas de consolidación muy débiles", por la desaprobación internacional, que se ha traducido en sanciones y por la dificultad de la sucesión. "La gran pregunta es ¿hasta cuándo, cuáles son las salidas?".

"En el medio plazo no sabemos qué va a pasar - reconoce el catedrático de la UdG - En el 2018 la energía venía de los jóvenes y de las mujeres. No estaban tan pendientes ni de partidos ni de líderes. Era un movimiento social, que podría articularse con otra cosa que no sea partidos. Los candidatos más jóvenes de estas elecciones tienen 60 años".

El final del FSLN: Ortega se apropia de unas siglas históricas

El 17 de julio de 1979, las banderas rojinegras del Frente Sandinista de Liberación Nacional ondearon triunfantes en Managua al derrocar a Anastasio Somoza, último miembro de una dinastía de dictadores fundada en 1934 y respaldada por Estados Unidos.

Nacido en 1961 e inspirado en la lucha antiimperialista de Augusto César Sandino (1895-1934), el FSLN se dio a conocer al mundo en agosto de 1978 con el asalto al Palacio del Congreso. Tras una ardua guerra de guerrillas que dejó 30.000 muertos, y con un amplio apoyo popular, en 1979 llegó al poder con la promesa de democracia y justicia social.

Daniel Ortega figuraba entre aquellos jóvenes comandantes que expulsaron al dictador. Ahora ha ordenado detener a algunos de sus antiguos compañeros.

Así es Daniel Ortega, el gobernador en Nicaragua

"El aparato del FSLN está completamente vaciado - subraya Salvador Martí - Ortega se ha quedado con el patrimonio histórico, la bandera y el relato, pero hay más sandinistas fuera que dentro". "Los viejos dirigentes no han sido capaces de reclamarlo. Ortega se apropió de la simbología, y le ha cambiado totalmente el contenido", añade. 

"Cualquier comparación entre el movimiento que hizo la revolución en su día y ocupó el poder, y tuvo tan buena prensa internacional, y lo de hoy es imposible", coincide Carlos Malamud. "Ese sandinismo no existe más, ha desaparecido. Buena parte de los principales líderes han mostrado su desaprobación con el régimen, y solo quedan los más próximos al poder".

Entre los políticos detenidos en las últimas semanas se encuentran los exguerrilleros Dora María Téllez y Hugo Torres. Torres arriesgó su vida en 1974 para sacar de la cárcel a Ortega, el entonces joven comandante, que ahora, 47 años después, le ha enviado a prisión.