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La oposición turca enciende la calle contra el autoritarismo de Erdogan

  • Turquía vive los peores disturbios desde 2003
  • La economía apuntala la gestión del primer ministro
  • Erdogan podría presentarse a las presidenciales de 2014

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Un manifestante con una máscara de Anonymous en la plaza Taksim, en Estambul
Un manifestante con una máscara de Anonymous en la plaza Taksim, en Estambul. REUTERS REUTERS/Stoyan Nenov

Turquía ha vivido este fin de semana los peores disturbios urbanos de la última década. Desde que Recep Tayyip Erdogan se convirtiera en primer ministro en 2003, al frente del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP, islamista moderado), había contado con un amplio apoyo popular y con una débil oposición.

"Es la primera batalla ganada en la calle contra un hombre que hasta ahora parecía invencible. Es la primera retirada de Erdogan", asegura el periodista Ilya Topper en la página web Mediterráneo Sur.

La violencia policial en el operativo iniciado el jueves para desalojar una acampada en el parque Gezi, en Estambul, fue el detonante de una protesta que se ha extendido a la capital y a otros centros urbanos, con gritos que piden la dimisión del Gobierno. En la misma participan grupos muy diferentes, desde nacionalistas a la extrema izquierda.

En total, se han producido 1.700 detenidos y al menos 79 heridos (el Colegio de Médicos habla de más de 400). Las noticias sobre dos muertos no se han confirmado.

Pero esa carga (en la que, según denuncian los testigos, los agentes apuntaban al cuerpo con los botes de gases lacrimógenos) no era la primera, ni explica por sí misma la reacción ciudadana que, si no ha sido mayoritaria, sí ha sido muy amplia.

En los últimos años, la represión policial ha ido en aumento, así como los desarrollos legislativos que limitan tanto la libertad de expresión como derechos sociales y laborales. El modelo de islamismo político de Erdogan, alabado en Europa y considerado como un ejemplo para Oriente Medio, choca ya con amplias capas de la población turca.

Crecimiento económico y más autoritarismo

Erdogan sigue siendo el político más popular, el que ha convertido Turquía en una potencia económica regional, con un creciente papel internacional y en vías de solucionar su conflicto con los kurdos.

La economía es su principal baza. Turquía creció más del 8% en 2010 y 2011 y un 2.2% en 2012, y el paro se mantiene en el 8,5%. Solo hace unos días, el país saldaba su deuda con el Fondo Monetario Internacional (FMI).

El Gobierno ha basado el despegue económico precisamente en un boom inmobiliario y en las obras públicas, en algunos casos con proyectos faraónicos, como el del nuevo aeropuerto de Estambul. La financiación llega principalmente de las inversiones extranjeras en fondos de inversión, según explica la agencia Efe. La celebración de los Juegos Olímpicos en 2020, para los que Estambul es candidata, sería la guinda a la gestión del AKP.

Sin embargo, el buen comportamiento de la economía no ha evitado la erosión de la legitimidad del Ejecutivo islamista, sobre todo entre los sectores de clases medias, liberales y laicos.

En primer lugar, la política económica ha causado una inflación (8,9% en 2012, según la OCDE), que los turcos notan en los precios del combustible y los turistas en sus compras en el bazar, y una creciente desigualdad.

En segundo lugar, a las cada vez más habituales protestas la Policía ha respondido con un "uso excesivo de la fuerza" que presuntamente causó tres muertes en 2012, según el informe anual de Amnistía Internacional. AI denuncia también los ataques a la libertad de expresión en forma de procesos penales a personas "que expresaban pacíficamente su disidencia". Las detenciones bajo la acusación genérica de "terrorismo" también son habituales.

Por ultimo, el proyecto social del AKP incluye una moralización islámica de la sociedad, que se traduce en mayores restricciones al alcohol, en advertencias contra las muestras públicas de afecto y en sentencias por casos de "blasfemia".

Esta "reislamización" la sufren especialmente las mujeres, que han visto como aumentaban las agresiones por parte de algunos extremistas. La presencia de chicas sin velo en las manifestaciones de estos días es destacable.

Taksim no es Tahrir

El proyecto para arrasar el parque Gezi ha sido, para algunos, el último ejemplo de esta deriva autoritaria y ha actuado como detonante. El choque se ha producido en la zona más laica y burguesa de Estambul: la plaza de Taksim, que se ha convertido en epicentro de la protesta.

La plaza, situada al final de la calle Istiklal, una moderna arteria comercial en la parte europea, es el centro de la vida nocturna estambulita, la zona donde los jóvenes, chicos y chicas, salen de copas. Ni en vestimenta ni en comportamiento ni en consumo de alcohol, el ambiente difiere mucho de la "zona de marcha" de cualquier ciudad europea. Tomando un raki (el licor local) en cualquiera de sus bares el visitante puede olvidar que se encuentra en un país de mayoría musulmana y gobernado por un islamista.

La plaza fue escenario de una masacre en 1977, en la que murieron 40 manifestantes durante la celebración del 1º de Mayo. Precisamente el pasado uno de mayo se produjeron incidentes en sus inmediaciones.

Este también es el lugar ideal para que los partidos políticos y todo tipo de organizaciones hagan propaganda entre los jóvenes. Entre ellos el Partido Popular Republicano (CHP, nacionalista y socialdemócrata), cuyas banderas y enseñas con la efigie de Mustafá Kemal, Ataturk, han sido muy visibles en los disturbios. Erdogan acusa directamente al CHP de provocar la revuelta.

El proyecto urbanístico para reformar Taksim y sus alrededores cuenta con la oposición de ciudadanos unidos en una Plataforma, que denuncia que el proceso de toma de decisiones no ha sido transparente ni participativo. Sin embargo, Erdogan considera que este es otro de sus grandes proyectos modernizadores, y se empeña en seguir adelante con sus planes, que incluyen la construcción de una mezquita.

Tanto si la protesta continúa como si no, la oposición de distinto signo parece haber encontrado un punto de apoyo y unión en el laicismo (uno de los principios fundacionales de la República) y en la crítica del autoritarismo.

2014 será año electoral en Turquía. En marzo se celebrarán las municipales y en septiembre las presidenciales. El mandato de Erdogan como primer ministro termina en 2015, y no puede volver a presentarse. Por ese motivo, es más que probable que abandone el cargo para competir por la presidencia, un cargo que ahora es meramente simbólico, pero podría asumir poderes ejecutivos si prospera la reforma constitucional que el propio Erdogan propone.

Está por ver si las fuerzas políticas y los jóvenes contestatarios eligen la vía de la calle o son capaces de construir una alternativa política que evite esa posibilidad. 

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