Lo primero que vemos es la profundidad de un aula de los años 40 del siglo pasado. Un Séneca de traje y corbata (el conocido bajo barítono jamaicano Willard White) plantea las típicas dudas de una clase de filosofía a uno alumnos que serán los protagonistas de una ópera que aún no ha comenzado. Confesando que el temor le ha acompañado toda su vida, concluye abruptamente la lección magistral, y cae desvanecido al suelo.
Las tres limpiadoras que han entrado en la clase se quitan sus batas azules y se transforman -con diademas y bañadores-en tres misses/mister: miss Fortuna, miss Virtud Mister Love. Ya cantando, protagonizan la típica discusión entre virtudes de la música antigua. Como en un sueño, el profesor se despertará mientras las misses volverán a vestir su cotidiano uniforme de faena para proseguir con sus tareas.
Son tan sólo imágenes de Poppea y Nerone, firmado escénicamente por el polaco Krzystof Warlikowski, y basado en L'incoronazione di Poppea, la última ópera de Claudio Monteverdi en la que abandona el tema mitológico para plantear un asunto tan político como filosófico como es el poder y la corrupción de quien lo ostenta, a través del episodio histórico de los amores de Nerón y Popea. Un tema cuya vigencia, sólo con el libreto, y la propia música (dirigida por el francés Sylvain Cambrelling al frente de Klangforum Wien) quedarían siempre patentes.
Pero Warlikowski ha querido más que recalcar esa actualidad, dotar de mayor intensidad al drama, plagándolo de imágenes impactantes o simplemente extrañas o provocativas. Motivos, que, a juicio de los comentarios escuchados en una de las funciones de abono y en vista de la deserción de parte del público tras la primera parte (Prólogo del aula y acto I), éste parece no haber aceptado.
Hay momentos de indudable belleza. Como la que resulta de unir la acción que tiene lugar en escena con imágenes de estatuas clásicas procedentes de la película que sobre las olimpíadas rodó Leni Riefenstahl.
También en la escena pictórica creada para enmarcar el dúo final de la ópera (Pur ti miro), por fin juntos y poderosos. Rodeados de remeros y sentados sobre dos esclavos negros de rodillas. El, (el tenor Charles Castrenovo) con la cara dividida entre un rostro de hombre y otro de mujer, el torso desnudo y una falda blanca de novia. Ella ( la glamourosa soprano Nadja Michael), con traje maculino negro y la cabeza afeitada.
Sin duda, la voz, la forma de cantar y aparecer en escena de Nadja Michael -una gran cantante con físico de modelo- y los juegos eróticos que mantiene en muchos momentos con su partenaire Castrenovo, son lo que más ha podido apreciar el público; más allá de su propio vestuario y de todo cuanto les rodea.
También la presencia de Wilard White como Séneca (incluso, tras su suicidio, permaneciendo presente con un muñeco réplica del cantante) o la de la repudiada Ottavia (la esposa de Nerón) encarnada por Maria Riccarda Wesselling. Y las apariciones de Jadwiga Rappé, como modernísima nodriza de Poppea, cantando y fumando al mismo tiempo (¿sería un cigarrillo virtual?).
Una cámara sobre el escenario se va recreando en lo que ocurre en el escenario, entregándonos una réplica cinematográfica por ejemplo de la decadente, fumadora y bebedora Ottavia (imagen contemporánea de la mujer perdida), con perlas y vestido negro.
Sin embargo, muchas ideas escénica (algunas robadas de los tópicos que más gustan a los replicantes del actual universo gay) injertadas en la historia corrían el riesgo de restar dramatismo a la tragedia. Poco antes del intento de asesinato de Poppea, el contratenor congoleño Serge Kakudji (que en la escena final hara de sonriente asiento para Poppea) cantaba, ataviado con un calzón de lentejuelas doradas, intercalando el canto con pequeñas imitaciones de Michael Jackson.
Viéndole, como antes había visto a Nerón -de la guisa que hemos contado más arriba- una espectadora comentaba: "lo que tienen que hacer hoy en día los cantantes por culpa de los directores de escena".
A pesar de todo, el público que permaneció hasta el final de la función de este pasado lunes 18, aplaudió a los intérpretes, al director musical e incluso al director de escena, después de algo más de 4 horas de representación.
A la salida, otra espectadora, de 40 años, apuntaba: "todo esto lo veo muy antiguo, como de los 80, la música es preciosa pero qué falta de poesía, de sensibilidad en la puesta en escena". Cerca de ella, una señora de unos sesenta años, concluía: "no puedo decir que no me haya gustado, pero me parece bastante esnobista".
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