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40 años sin Jim Morrison

  • Formó parte de una de las bandas más influyentes de finales de los 60

  • Su fuerte personalidad marcó el devenir del grupo The Doors

Ver también: Especial sobre The Doors

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Un provocador es como una granada sin anilla: no sabes cuándo, pero lo que es seguro es que va a explotar. Ese es Jim Morrison, el que se fue de la escuela de cine sin graduarse, el que boicoteó su propio concierto ante los capos de la discográfica que acabó fichándolos, el que decidió frenar temporalmente en 1968 a los que por entonces eran considerados 'Los Rolling Stones americanos'.

Hijo de un almirante, Jim Morrison no heredó de su progenitor el orden, la disciplina y la obediencia. Todo lo contrario: Su sentido más afinado era el de la vista: la percepción de que lo que más le fastidia a las fuerzas del orden no es que te alejes kilómetros de ellos, es dar un paso justo detrás de la raya que marca el límite. De eso fueron los Doors.

Tanta provocación, que en ocasiones nos olvidamos del talento de las canciones desde los hits pegajosos (“Light my fire”, que fue la primera canción que compuso Robbie Kriegger en su vida) hasta los desarrollos de bruma poética y eco ácido. Jim Morrison no era un gran cantante. Creo que nadie lo necesitaba.

Era consciente que tenía el don de llamar la atención aunque estuviera sentado en la esquina más oscura del local, estaba formado intelectualmente y tenía un demonio en el cuerpo que el planeta entero estaba deseoso de inocular en sus almas. ¡Ah! Y tenía un atractivo hipnótico y andrógino que remataba la faena. Irresistible.

Algo más se le podía sumar. Jim Morrison se unió con músicos de talentos diversos: ¿Qué sucede si en 1965 sumas un pianista que tocaba a Bach (Ray Manzarek), un guitarrista con querencia por la guitarra clásica (Robbie Krieger) y un batería apasionado por el jazz (John Desmore)? Agítese y súmele un poco de licor de lagarto. Ahí tiene a los Doors.

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