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Irak, año cero menos siete

       
  • Era evidente que Irak no tenía armas de destrucción masiva
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  • Los iraquíes confiaban en que podrían sobrevir a otra guerra
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  • Se cumplió la predicción de un amigo: a Irak le han robado el futuro

Por
Irak, historia de un conflicto

Siempre que convoco a mi memoria aquellos días previos a la  invasión de Irak recuerdo la anécdota que me contó un amigo, un  viejo periodista iraquí, sobreviviente de mil batallas periodísticas y  callejeras, opositor al régimen de Sadam Hussein, encarcelado en más de  una ocasión, y aún así empeñado en mantener su dignidad como ser humano y  como ciudadano de Irak.

Un par de meses antes de la invasión había ido a Londres. Había  colaborado con la agencia británica Reuters. Visitando el British  Museum, mientras contemplaba las impresionantes piezas arqueológicas de  la antigua Mesopotamia, fruto de la expoliación colonialista, se puso a  llorar.

Otro visitante del museo, un perfecto caballero inglés, un gentleman,  se preocupó por él y le preguntó con amabilidad si se encontraba mal,  si le ocurría algo. Mi amigo respondió: "no es nada, es tan sólo que  observando todas estas obras de arte me he dado cuenta de cómo  nos han robado nuestro pasado, y, sobre todo, me doy cuenta de  cómo nos van a robar nuestro futuro".

Preparativos para la invasión

Aquellos meses, aquellas semanas, aquellos días previos al 20 de  marzo de 2003, Bagdad era una ciudad que decía prepararse para  la invasión. Se cavaban trincheras a orillas del Tigris, se  movilizaban miles de voluntarios, se coreaban consignas de  resistencia y loas a Sadam Hussein. Pero todo tenía un aire de  irrealidad, como si fuera un escenario preparado de antemano y que en un  momento dado se desmontaría y cada cual se iría a su lugar. Creo que muy  pocos iraquíes eran conscientes de que estaban a las puertas del  infierno.

A pesar de toda la parafernalia belicista del régimen y de las  amenazas que se cernían sobre Irak, el ambiente en Bagdad seguía  siendo el de una ciudad llena de vida, bulliciosa y ajetreada.  Los bazares, los mercados, las calles y avenidas mantenían su frenético  ritmo cotidiano. Por las noches los cafés, las teterías, los locales en  los que se fumaba narguile permanecían abiertos hasta altas horas de la  noche.

La situación no era precisamente boyante. Los iraquíes habían tenido  que acostumbrarse a sobrevivir mientras se iba deteriorando  paulatinamente su nivel de vida. Primero fue la guerra con  Irán, aquella absurda aventura bélica a la que se lanzó Sadam, con el  beneplácito de Occidente, para detener el posible contagio de la  Revolución Islámica en la vecina Persia.

Después vino la invasión de Kuwait y la nueva guerra contra la  coalición internacional. Otra de las locuras de Sadam y sus secuaces.  Siguieron las sanciones internacionales, que tuvieron un efecto  demoledor sobre la economía iraquí, que en algunos aspectos llevaron al  país a retroceder décadas.

En los sucesivos viajes que hice a Irak en la década de los noventa y  los primeros años del dos mil se hacía evidente el deterioro en la vida  de los iraquíes. Pero la población se aferraba a la creencia de que  también aquel año de 2003 lograría sobrevivir.

No en era igual en todas partes. En el sur, en las ciudades santas de  Kerbaka y Nayaf, en Basora, la población chií había sufrido la brutal  represión del régimen. Como la había sufrido la población kurda, en el  noreste de Irak. La dictadura de Sadam Hussein había masacrado  durante años a miles de kurdos y de chiíes. Y su odio hacia el  dictador se destilaba lentamente.

Pero la población chií había sido masacrada igualmente en otros  países de mayoría suní y los kurdos eran masacrados en Turquía. No  parecía que esa represión fuera un argumento válido para la invasión.

Armas de destrucción masiva    

            

Tampoco parecía un argumento válido el de  las armas de destrucción masiva. Cualquiera que durante aquellos  años hubiera viajado por Irak se hubiera dado cuenta de que era  bastante improbable que un régimen convertido en una caricatura,  con un arsenal bélico obsoleto y oxidado, pudiera  disponer de ese tipo de armamento. Así lo dejaban entrever  los inspectores de la ONU, cuyos informes no fueron tenidos en  cuenta porque no respaldaban la excusa buscada por el presidente George  W. Bush para justificar una invasión que estaba decidida de antemano.

Durante los meses siguientes a la invasión se produjo una especie de  vacío, como si la vida hubiera quedado suspendida, a la espera de que  los acontecimientos evolucionaran. Y evolucionaron hacia donde era  previsible, hacia el caos y la violencia.

El desmantelamiento del  ejército y la policía, la expulsión de todos los funcionarios de sus  puestos de trabajo, la arrogancia de los soldados estadounidenses que  actuaron como lo que eran, una fuerza de ocupación, configuraron un  panorama de cataclismo absoluto.

Muchos iraquíes se unieron a una resistencia que poco a poco fue  tomando cuerpo, otros se decantaron por unirse a grupos terroristas que  encontraron en la invasión un caldo de cultivo propicio. Las torturas en  Abu Graib, las matanzas indiscriminadas de civiles, la impunidad de los  miles de mercenarios al servicio del ejército invasor, eufemísticamente  llamados contratistas, conformaron el abismo por el que Irak se fue  despeñando.

En los años sucesivos a la invasión, en cada nuevo viaje, uno iba  comprobando como el desastre avanzaba ineluctable; ya no era sólo un  deterioro económico y social, sino en todos los aspectos de la vida: la  violencia se convirtió en moneda corriente, el miedo, la inseguridad, la  miseria, la tristeza y el odio sectario anidaron en el país entre los  dos ríos, en Mesopotamia.

Hoy, siete años y medio después de la invasión, voy recopilando las  piezas en el puzzle de mi memoria y no hay nada que convoque al  optimismo. Irak es un país que ha dejado de existir como tal, dividido y  subdividido en confesiones, zonas de influencia, regiones y ciudades  que viven de espaldas las unas a las otras unidas únicamente por el  común denominador de la violencia y la pobreza pese a la inmensa riqueza  que sigue acumulando su subsuelo.

Una riqueza en forma de petróleo que  beneficia a unos cuantos, pero ha traído la maldición a la mayoría de  los iraquies.

Y me acuerdo de la anécdota que me contó mi amigo y que hoy se ha  convertido en una trágica verdad: les han robado el futuro.

Lo escribo  mientras fumo una pipa de agua, una narguile, comprada en Irak, como  fumaba, impotente, mientras desde la terraza del hotel en Bagdad  contemplaba los bombardeos que arrasaban la capital iraquí mientras se  abrían las puertas del infierno, hace hoy siete años y medio.

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