Retratos en la otra orilla (ed. Pie de Página, 2026)
Este es el nuevo libro con el que nos deleita nuestro compañero de la Asociación, Miguel de los Santos. Se trata de un conjunto de 27 retratos periodísticos de personajes famosos de la literatura, la música, la política, el arte, el deporte…, que Miguel conoció y con quienes intimó en su recorrido por América en la segunda mitad del siglo XX: Pablo Neruda, Mario Benedetti, Ernesto Cardenal, Marilina Ross, Chabuca Granda, Zico…, pero también Andrés Segovia o Joan Manuel Serrat, personajes que contribuyeron a forjar una identidad común en lengua española y portuguesa. Para hacernos una idea de lo expresado, el autor nos autoriza a publicar uno de estos retratos:
Augusto Roa Bastos, el escritor de la tierra sin mal
Es el guaraní una lengua poderosa, superviviente no me cabe la menor duda. Hay en sus orígenes una fuerza ancestral que la mantiene viva y en legítima convivencia con el castellano que, como sucediera en todas las tierras de la conquista y la posterior colonización de la Corona Española, llegó para quedarse y convertirse en la principal herramienta para el mejor conocimiento y expansión de una nueva cultura universal. Ni las más poderosas etnias precolombinas lograron la supervivencia real ni oficial de sus lenguas originales. El aymara, el quechua, el lenca centroamericano, el maya mesoamericano, el náhuatl mexicano incluso, se han visto reducidos a puros dialectos testimoniales por la pujanza y el vigor expansivo de la lengua castellana. No así el guaraní, que con el español hace del Paraguay el único país bilingüe de Iberoamérica. Dada esta circunstancia y para hablar con propiedad, en su lengua vernácula, el guaraní, la República del Paraguay se denomina Paraguay Tabakuairetá. Un logro al que sin duda ha contribuido con su obra el escritor Augusto Roa Bastos con quien clandestinamente, por su condición de disidente de la dictadura de Alfredo Stroessner, logré entrevistarme en el populoso barrio de Asunción curiosamente denominado Madame Lynch en memoria de Elisa Lynch, concubina de origen irlandés que allá por el año 1862 sedujo al heredero del Gobierno del Paraguay, Francisco Solano, convirtiéndolo en un dictador sanguinario y alcanzando ella el rango de primera dama.
A las seis en punto de la tarde de un asfixiante día en Asunción el escritor estaba sentado frente a mí en el lobby del Hotel Mburucuyá donde extrañamente me había citado. Y bien digo extrañamente pues por lo general todos los personajes a los que había entrevistado anteriormente solían hacerlo en su domicilio o lugar de trabajo. No tardaría en recibir la debida explicación del propio Roa Bastos y, por supuesto, sin que yo se lo hubiera pedido, cuando nada más saludarnos y tomar asiento frente por frente en una mesita de la cafetería del hotel me sorprendió abordando sin tapujos el tema.
--Disculpe que le haya citado en este lugar y no en mi domicilio para ofrecerle mi casa como es la norma de cortesía. No creo que ignore cuál es mi delicada situación en el país. Hace tiempo que ese hombre, El Tiranosaurio, me lo arrebató todo, incluida mi nacionalidad paraguaya. Entro y salgo de puntillas para no hacer ruido. Y aquí vivo de prestado. Cada vez me acogen unos amigos. --Hizo una pausa, tomó una pasta del té que nos acababan de servir y se me quedó mirando como apremiando mis preguntas.
El Tiranosaurio. Era el ingenioso apodo con el que Roa solía referirse en sus numerosas crónicas y escritos de denuncia al dictador Alfredo Stroessner. Yo mismo lo había leído pocas semanas antes en un artículo suyo publicado en un diario argentino. Como me había leído con verdadero deleite Yo el supremo, la obra cumbre de su prolífica producción literaria que, junto a El fiscal e Hijo de hombre, constituyen la trilogía formidable donde se condensan la vida y experiencias de este hombre cuya verdadera dimensión nunca ha sido reconocida debidamente por el gran público y que ha estado dedicada por entero desde su adolescencia a una permanente lucha contra el poder omnímodo. Ahora le tenía frente a mí y me parecía imposible que en aquel cuerpo y apariencia de hombre corriente, casi vulgar, se escondiera no solo un genio de las letras sino un luchador, un héroe, que se agigantaba en mi memoria a medida que fuimos entrando en la conversación. Porque si la medida de su talento ya le había sido reconocida siquiera fuera por la concesión del Premio Cervantes, cobra su mayor altura cuando el escritor cubano Alejo Carpentier confiesa sin ambages tras la lectura de Yo el supremo:
“Después de El Quijote, Yo el supremo: la medida de su valor y de su compromiso con la libertad del hombre no le va a la zaga”. Y esa tarde en Asunción yo lo descubriría con admiración y asombro.
Ya a los 15 años se alista como voluntario en el ejército guaraní para luchar contra los bolivianos en la guerra del Chaco, donde por su corta edad le son asignadas funciones como auxiliar de enfermería y aguatero. Una cruenta confrontación por el control del Chaco Boreal en la que los bolivianos perdieron su último intento por conseguir una salida al mar. Una experiencia trágica y dolorosa que inspiraría al escritor para el impresionante relato narrativo de Hijo de hombre, primera novela importante de su producción publicada en 1960 y que junto a Yo el supremo (1974) y El fiscal (1993) constituyen su gran legado. Todas ellas marcadas por el estigma doloroso de un exilio permanente que comenzó con la asunción al gobierno del general Alfredo Stroessner, quien instauró una dictadura que se extendería por 35 años y que se prolongaría hasta la caída del Tiranosaurio en 1989.
Aun así, la vida en exilio permanente de Roa Bastos ha sido de lo más prolífica. Siempre impregnada de unos valores que parten del compromiso social y de una integridad moral irrenunciable ante cualquier circunstancia o al reconocimiento de sus propios méritos, que han sido muchos. Tras la aparición de Hijo de hombre, la crítica le señaló como “exponente de la nueva narrativa hispanoamericana en el marco del boom latinoamericano”, un reconocimiento que no aceptó simplemente por su rechazo al marketing editorial. La mayor parte del exilio lo pasó en Argentina, donde vivió una larga etapa felizmente hasta que, tras la publicación de Yo el supremo, el gobierno del dictador Videla lo envió a un nuevo exilio. En fin, una vida de guerras y entre guerras de uno de los personajes más íntegros que he conocido en mi vida, que vivió a espaldas de la notoriedad pública y luchó contra el poder desde una postura humana comprometida y sincera. Cuando nos despedimos esa tarde me dejó en la memoria una de las reflexiones más determinantes de la circunstancia que marcó la vida de este hombre de apariencia humilde con una personalidad gigantesca.
“El poder constituye un tremendo estigma, una especie de orgullo humano que necesita controlar la personalidad de otros; una condición antilógica que produce una sociedad enferma”. “Amén”, dije yo.