'Cuelgamuros, entre lo difícil y lo imposible': Hipólito Muñoz, la emoción de encontrar y enterrar a los tuyos
- RTVE logra grabar por primera vez las criptas donde yacen más de 33.800 víctimas
- El documental que puedes ver en RTVE Play, narra lo complicado que es localizar e identificar a las 214 personas solicitadas
Abajo os prometo que os la enseñaré mejor. Pero no olvidéis esa placa. Es una de las protagonistas de esta historia, la historia de Hipólito Muñoz. Nada más comenzar la entrevista, nos pide perdón: siempre que hablo de esto, me emociono, dice. Tiene 92 años y un dolor perpetuo dentro, el de criarse sin padre. Tres años tenía cuando le mataron en la guerra. Se llamaba Casimiro, Casimiro Muñoz del Valle. Tenía 28 años, y además de a Hipólito, deja una mujer y una niña de tres meses a la que no llegó a conocer. Claudia estaba embarazada cuando Casimiro salió de Aldea de San Miguel, en Valladolid. Acababa de cumplir la mili. Su quinta fue movilizada. Le tocó ir a Belchite, a Zaragoza.
Al frente no quería ir nadie, cuenta Hipólito en el documental, "Cuelgamuros, entre lo difícil y lo imposible", y menos su padre, que no era de nadie, explica, pero le obligaron a ir, como a tantos reclutas forzosos. Negarse entonces podía significar la pena de muerte. El frente de Aragón fue uno de los más duros y donde hirieron a Casimiro; le subieron a la camilla, disparándole de nuevo durante el traslado. Llegó al hospital de la Facultad de Medicina de Zaragoza, donde falleció el 1 de septiembre de 1937.
Hipólito no ha tenido nunca ocasión de decirle ni una palabra, de decirle nada. No sabe si el recuerdo que tiene de él en su memoria, es real, lo vivió o lo ha construido a base de lo poco que le han ido contando, de lo que se ha atrevido a preguntar, y alguna foto. Más bien la foto, porque solo tiene una de su padre, con el uniforme, la mirada transparente y esa cantidad de pelo, fuerte, la misma que a día de hoy sigue teniendo su hijo. Una fotografía que la madre de Hipólito usó hace muchos años para componer otra imagen única, un montaje casero, al que añadió una foto de ella con su hija en brazos, y otra de Hipólito. Una forma de unirles, de juntarles, de conseguir eso que los cuatro hubieran querido y la sinrazón les quitó.
Casimiro con su esposa y sus dos hijos en una foto elaborada a partir de un montaje Nacho Gallego
Como tantos niños de entonces, al morir su padre, Hipólito se fue a vivir con sus abuelos, en el mismo pueblo. Hasta que cumplió 10 años. Entonces su hermana, que tenía siete, murió de meningitis. Fue cuando volvió con su madre y la vaca de la que vivían. Todas las mañanas, desde muy pequeño, iba él a por hierbas para que la vaca comiera, y así ellos tuvieran también para comer. Recuerda como, con muy pocos años, fue a Zaragoza, al cementerio de Torrero, para ver la tumba de su padre, y que su madre le pusiera flores. Después, con los años, llegó el permiso para poder trasladarle a Madrid, al Valle de los Caídos, ahora Cuelgamuros, donde Franco pretendía crear un gran mausoleo en honor a los caídos, derribados, según otros. Aunque historiadores como David Tormo, que también interviene en el documental, creen que el dictador nunca pensó realmente en las víctimas, que estas solo fueron un "atrezzo", la excusa para una obra faraónica que lo único que pretendía era exaltar su figura y la de su victoria, su cruzada, dice, por Dios y por España.
Primeras imágenes de las criptas
Pero volvamos a nuestra historia. La madre de Hipólito, firmó ese permiso y el 8 de abril de 1959, Casimiro ingresa en la basílica de Cuelgamuros con el número 9079. Todos los años Hipólito y su madre iban al Valle, y pedían, a través de un amigo, una misa por su padre. Pero allí, no era como en el cementerio de Zaragoza; no podían llevarle flores. Lo intentaron más de una vez, pero los benedictinos que custodiaban el lugar siempre les contestaban lo mismo: los caídos, decían, están en unas capillas, en unas galerías que están cerradas y a las que no se puede entrar. Unas galerías, unas criptas a las que ahora, casi siete décadas después, ha podido entrar a grabar, por primera vez, el equipo del programa DocumentaRTVE que dirige Ángela García Miranda y que es 100% producción propia de RTVE.
Un trabajo exclusivo, ya que nunca ningún medio había entrado hasta ahora allí, detrás de las paredes de las ocho capillas en las que se encuentran, ocultos, emparedados, más de 33.800 víctimas de la Guerra Civil.
Documento que acredita que los restos de Casimiro son trasladados a Cuelgamuros DOCUMENTARTVE
No fue hasta 81 años después de la muerte de su padre, en 2018, cuando Hipólito escucha que van a sacar los restos que hay en el valle. Sin dudarlo, habla con un abogado para que lo mueva. Había sido la ilusión de su madre, también la suya. Pero ella ya no estaba para verlo. Al menos ahora Hipólito podía juntarles de verdad, no como en la foto. Juntarles en la misma tumba, cerca de él, en su pueblo, y aquí sí, llevarles flores. Al menos tenía que intentarlo. Entonces, no se acuerda del año; estaba Pedro Sánchez en el Gobierno, le llaman para que vaya a La Moncloa, junto a otros familiares. Era 2023. Les van a informar de cómo se van a hacer los trabajos forenses, la localización e identificación de su padre. Y es allí, donde por primera vez le hablan de la placa con la que comenzábamos. Fue al charlar con una de las arqueólogas de Cuelgamuros. Le dijo que las víctimas que habían sido trasladadas desde Zaragoza, tenían todas una identificación, una placa con un numerito distinto en cada una de las cajas en las que llegaron, y que eso lo facilitaba todo. Su número, el 106. Y había más. Los forenses ya habían encontrado la caja con el 105 y el 107, nos cuenta, así que debían estar cerca de la de Casimiro. Hipólito salió sonriendo. Hasta que le llaman para otra visita, esta vez al valle, a las criptas, a esas a las que cuando iba con su madre no podían pasar. Y pasó, pero no salió precisamente contento. Ver el estado de los restos, muchos fuera de las cajas, por los suelos, mezclados, en ese lugar oscuro y lleno de humedad bajo la profundidad de la montaña… Vuelve a pedirnos perdón. Vuelve a emocionarse. Sacar de allí a mi padre, nos dice, identificarlo, era imposible.
Pero los forenses sabían lo que decían. Lo cuentan, como es lógico, en el documental de RTVE que ha realizado Manu Diéguez, y del que he elaborado el contenido, el guion, y que muestra cómo es su trabajo en las criptas, su día a día, sus hallazgos, sus enfados, sus alegrías. El núcleo duro del equipo son cinco personas. Cuando les preguntas por el mejor momento de este proyecto, los cinco coinciden: el día que encontramos a Casimiro. Uno de los arqueólogos, René Pacheco, lo narra muy bien. Estaban en una cripta donde ya habían localizado todas las cajas que les habían reclamado. Todas menos la nuestra. Habían movido hasta cien, una tras otra, con lo que pesan, con lo que cuesta todo allí. Estaban realmente desesperados. De esos días que no sabían hacia dónde tirar. Allí es muy difícil moverse entre restos. Pero hubo un golpe de suerte, y en una esquinita, vieron una chapa. Era una chapa de Zaragoza. Estaba muy sucia, entre verde y amarilla. Empezaron a limpiarla, y a buscar el número. Cada uno veía uno distinto. El uno estaba más o menos claro. El cero también. Pero el último, el último, no se veía nada. Elisa, la médica forense, pensaba que era un ocho. René que un seis. Pero no sabía si veía lo que quería ver. Hasta que volvió a frotar, fuerte, con toda su alma, y apareció, el seis. ¡Es el 106!, gritaron todos a la vez.
Es difícil, cuentan los forenses, grabar bien estos momentos de emoción. Al final, la cámara se cae, y priman los abrazos, la satisfacción. Son los momentos en los que piensan que es posible, que el esfuerzo, las críticas, los insultos, las denuncias no pesan tanto, que merece la pena. Y es entonces cuando los cinco vuelven a coincidir, cuando localizas una caja, cuando localizas a una víctima, lo primero que se les viene a todos a la cabeza es su familia. En este caso, cuenta René, pensaron en Hipólito, en la ventana de la cripta, mirando para adentro, pensando entre lágrimas: está ahí, ojalá y aparezca, y apareció. Casimiro apareció.
El teléfono suena
Fue una de sus cuatro hijos, Begoña, quien le dio la noticia a Hipólito. Papá, que me ha llamado el abogado, que la secretaria de Estado de Memoria Democrática quiere hablar con nosotros, ¿qué teléfono le damos? Da el tuyo, hija, por si hay que apuntar algo. No apuntó nada. El mensaje era claro. Begoña colgó y, sin esperar, volvió a llamar a su padre: "Papá, han encontrado al abuelo". Cuando le preguntamos a Hipólito qué sintió, se muerde el labio; la voz se le vuelve a quebrar. Es un hombre de campo, delgado pero fuerte, de esa generación que no está acostumbrada a hablar de sentimientos, pero a la vez cercano, cariñoso, entrañable. Tras beber agua, rompe a llorar; fue una emoción muy grande, dice, porque estaba deseando ya conseguirlo. Pensé, lo que estaba esperando hacía muchos años. Y tanto, casi 90. Ojalá y hubiera estado allí su madre.
HIpólito Muñoz recibe los restos de su padre identificados en Cuelgamuros DOCUMENTARTVE
Todo eso ocurrió en el verano del 2025. En noviembre, llegó el gran día, el que Hipólito recuerda por encima de cualquier otro, el de la entrega. Fue en Valladolid, en la delegación del Gobierno. El secretario de Estado de Memoria Democrática, Fernando Martínez, junto al coordinador del proyecto forense, Francisco Etxeberria, le entregaron la caja. Sus hijos se la pusieron encima de las rodillas, y así estuvo él, junto a su mujer, todo el acto, todo lo que duraron los tres discursos, aferrado a la caja, abrazándola, como un niño con un tesoro. Junto a los restos, unas flores, una de las asas que había en la caja original que llegó de Zaragoza, y otra caja pequeña, blanca, también de madera. En su interior, envuelta en papel de seda, la chapa con el 106.
Hipólito cree que, después de la mala suerte, su padre tuvo suerte porque tenía una "auténtica defunción", tenía todos los papeles. Los del día en que murió en el hospital, los del día en que fue enterrado en Zaragoza. Incluso el de su ingreso en Cuelgamuros. Registros que permitieron seguir su periplo, su rastro y localizarle. No como esas alrededor de 12.000 personas de las 33.800 que hay enterradas en Cuelgamuros, de las que se desconoce su nombre, ingresaron como desconocidos. A muchos de ellos, según la Asociación de Familiares Pro Exhumación de los Republicanos de Cuelgamuros, a muchos se les arrancó las hojas de los registros donde aparecían sus nombres, para no dejar constancia de que habían sido trasladados a Madrid. De hecho, muchas de sus familias nunca supieron que habían sido llevados al gran monumento erigido por Franco.
Juntos, esta vez de verdad
Tras recoger a su padre, Hipólito volvió a su pueblo, y habló con el sacerdote, que dice que es majísimo y muy amigo, y le contó que quería enterrarle en el pueblo y ofrecerle una misa. El cura le dijo que no, que una misa no, que le iban a organizar un entierro como Dios manda, textual. Y allí, en plena naturaleza, al lado de un pinar en el que suenan los pájaros y huele a campo, está ahora la tumba de Casimiro. En la lápida, su nombre. Y un poquito más arriba, el de su mujer, y un poquito más, el de su hija.
Hipólito, en Aldea de San Miguel, en Valladolid donde han podido enterrar a su padre DOCUMENTARTVE
Yo he tenido la suerte de recogerle; se despide Hipólito, pero me da pena de todos los que no los han podido recoger. Como esos dos buenos amigos, nos cuenta, a los que quiso invitar al entierro. En la guerra a sus padres les pasó algo similar. Nunca más volvieron a saber de ellos. Por eso, Hipólito no sabía qué hacer. Quería que estuvieran. Pero le daba miedo que pasaran un mal rato pensando en por qué ellos no habían tenido la misma suerte. Después de pensarlo mucho, los invitó. Pero llegó el día y no vinieron. Llamaron, se habían puesto malos. Quizá dice no quisieron, no pudieron venir. Y los entiende; él también ha estado toda la vida con ese runrún dentro, hasta ahora que, por fin, lo ha echado y se ha quedado en paz.