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Un día en la montaña en Teherán: la vida que no se altera seis meses después del inicio de la guerra

  • Los habitantes de Teherán tratan de mantener sus aficiones a pesar de la guerra
  • Muchos disfrutan de la naturaleza en el monte Tochal, junto a la capital iraní
Los iraníes buscan distracciones de la guerra, más de seis meses después de su inicio

Desde lo alto del Tochal, Teherán no parece llevar seis meses en guerra. El Tochal es la montaña más al norte de la capital de Irán. Se llega cruzando los barrios más acomodados de Teherán.

Es viernes, el festivo semanal de los musulmanes: un domingo cualquiera. Hay tráfico, pero no la descomunal procesión de coches, motos y autobuses que anegan diariamente las calles y avenidas de esta ciudad de casi veinte millones de habitantes.

Arvin es uno de ellos. Hoy visita Tochal para dar una vuelta en la naturaleza. “¿De verdad hay una guerra?”, bromea, porque sabe que en el sur del país, Estados Unidos ha bombardeado esta semana. Pero dice: “Tenemos que seguir con nuestras vidas, sólo podemos seguir adelante”.

Los tatuadores Milad y Reza podrían protagonizar un reportaje sobre Malasaña o el Born: gafas de sol, camisetas negras estampadas, tatuajes… También parecen ajenos al conflicto. Dicen que han subido a correr y, sobre todo, a ver coches y motos: hoy hay una concentración.

Por las cuestas del monte no dejan de pasar motos estilo Harley Davidson y deportivos de lujo, tuneados, algunos descapotables, todos ruidosos. El de Omid es un BMW cabriot de 700 caballos bajo el capó. “He venido a participar en la concentración, es genial”, nos explica mientras su novia sonríe desde el asiento del copiloto. Omid también se acuerda de los últimos ataques de EE.UU. en la zona de Ormuz, pero también quiere reivindicar su derecho a pasárselo bien. Justo después, pisa el acelerador para que su tubo de escape escupa fuego.

Las mujeres, reticentes a hablar

Al lado hay una furgoneta Ford color naranja, de ruedas enorme, que lleva la bandera de Estados Unidos en el portón trasero. El joven Nima nos explica que a los iraníes les gustan los coches americanos, que son fantásticos y fuertes, y que el pueblo estadounidense, en realidad, no es el enemigo.

“Nosotros somos gente feliz”, afirma Sara, la única mujer que quiere hablar con nosotros. Porque hay muchas chicas, pero las cámaras alertan a las que no cubren su pelo con un pañuelo. Y son mayoría.

“Hacemos esto por nuestro país”, asegura el motorista Babak, miembro del Club de Motos de Irán. Es un ángel del infierno persa, pelirrojo, con casco de estética militar. Tampoco a él lo detiene la guerra.

Descendiendo las laderas del Tochal, de vuelta al centro de Teherán, vemos a una chica que observa el horizonte. Allí se esconde la guerra.