El obispo que llegó a EE.UU. escondido en un maletero: "Se planta odio contra los inmigrantes por votos"
- El salvadoreño Evelio Menjívar-Ayala acaba de ser nombrado obispo de Wheeling-Charleston
- Fue inmigrante sin papeles y denuncia las redadas: "Si eres hispano, hablas español o tienes acento, corres riesgo"
ENTREVISTA EN RNE
Entró en Estados Unidos escondido en el maletero de un coche. Evelio Menjívar-Ayala era un muchacho salvadoreño de 18 años, con una muda en la mochila, sin papeles y con el estruendo de una guerra civil a sus espaldas. Había intentado cruzar la frontera dos veces y dos veces había fracasado. Fue a la tercera cuando logró alcanzar su sueño americano.
“Llegué a Los Ángeles con mucha ilusión, con mucha esperanza, con muchas ganas de echar para adelante”, recuerda más de tres décadas después en una conversación con Hora América, el programa diario de información iberoamericana de Radio Exterior de España.
La suya es una de esas biografías que hoy difícilmente podrían repetirse en el Estados Unidos de Donald Trump. El joven que sobrevivió pintando casas y trabajando en la construcción es ahora ciudadano estadounidense y obispo católico. En 2022, Francisco lo nombró obispo auxiliar de Washington y hace unos meses León XIV le confió la diócesis de Wheeling-Charleston, en Virginia Occidental.
No es un destino cualquiera. Virginia Occidental es territorio Trump. El republicano ha encadenado allí tres victorias presidenciales y el Estado figura entre sus feudos más incontestables. Y es precisamente desde allí, con una población hispana mínima, desde donde este obispo que una vez fue un “sin papeles” advierte contra la deriva de la política migratoria estadounidense. “Los inmigrantes tienen mucho miedo y mucha ansiedad de qué va a pasar en el futuro”, reconoce.
Menjívar-Ayala sabe de qué habla y hoy se opone a los arrestos y deportaciones masivas con serenidad, pero sin un ápice de miedo. Su travesía hacia el norte incluyó también dos estancias en cárceles mexicanas. “Sé de primera persona lo que significa pasar días en la cárcel”, desliza. Décadas después contempla las redadas, las detenciones y las deportaciones y resulta inevitable que se reconozca en quienes ahora aguardan con temor una llamada, una visita de los agentes o que un padre no regrese del trabajo.
Cartel de bienvenida a Evelio Menjívar-Ayala, nuevo obispo de Wheeling-Charleston, t
Un pintor de casas convertido en obispo
Antes de los hábitos hubo brochas, andamios y empleos precarios. Recién llegado a Estados Unidos, Menjívar-Ayala se ganó la vida en la construcción y pintando casas. Aprendió inglés y, con el tiempo, ingresó en el seminario. De aquellos años conserva una idea que repite durante la conversación: dignidad.
“El trabajo siempre dignifica”, afirma. Aquellos oficios le enseñaron “a apreciar el trabajo que hacen todas las personas” y a entender que “el trabajo, por humilde que sea, provee dignidad a la persona”.
“Cualquier ley, cualquier política que se promulgue tiene que tener en cuenta la dignidad de toda persona. Si no, esa ley pasa a ser una ley inmoral“
Dignidad es también la palabra que emplea para juzgar las políticas de un Gobierno. Y ahí su discurso se vuelve incómodo para la Casa Blanca. “Cualquier ley, cualquier política que se promulgue tiene que tener en cuenta la dignidad de toda persona. Si no, esa ley pasa a ser una ley inmoral”, sentencia.
La jerarquía católica estadounidense y la Administración Trump mantienen desde hace meses un pulso cada vez menos disimulado alrededor de la inmigración. Menjívar-Ayala no acepta que la Iglesia deba refugiarse en las sacristías mientras se multiplican las deportaciones. “La Iglesia no necesariamente se mete en política cuando defiende los derechos de los inmigrantes. Es más: predica el Evangelio”. Y recurre a Mateo 25, donde Cristo se identifica con el extranjero, y a la parábola del buen samaritano.
Para el obispo, reclamar que los religiosos permanezcan ajenos al debate migratorio significa cuestionar incluso su libertad para ejercer la fe. “Si no puedes practicar la fe con hechos, con acciones concretas, entonces, ¿en qué quedamos? ¿Qué tipo de fe promulgamos? Una vacía”.
Feligreses acuden a la primera misa del salvadoreño Evelio Menjívar-Ayala t
“Planta odio, resentimiento, y vas a atraer votos”
El diagnóstico de Menjívar-Ayala trasciende a Trump. Al otro lado del Atlántico contempla un paisaje conocido: partidos que han convertido al inmigrante en combustible electoral y el miedo al extranjero en una eficaz herramienta de movilización.
“Es parte de una ideología, por supuesto, de propaganda política. Estos temas venden, venden políticamente, dividen y yo creo que los políticos saben por dónde ir”. El mecanismo, dice, es viejo. “Divide y vencerás”. Y después desgrana su funcionamiento: “Divide las comunidades, planta odio, resentimiento en las comunidades y entonces vas a atraer votos”.
El inmigrante termina convertido en culpable, una suerte de recipiente de frustraciones que tienen orígenes mucho más complejos. “Es triste hacer propaganda a través de la división y tomar a gente vulnerable como chivos expiatorios”, lamenta. “Siempre hay grupos a los cuales se les cargan los problemas sociales”.
“Es triste hacer propaganda a través de la división y tomar a gente vulnerable como chivos expiatorios“
No niega Menjívar-Ayala que un Estado tenga derecho a hacer cumplir sus leyes migratorias. Tampoco reclama impunidad para quien delinque. “Remover a los criminales, a las personas que han cometido delitos, es importante. Es parte de la responsabilidad del Estado”, admite. Pero inmediatamente traza la frontera: “Aquí lo que muchas veces sucede es que son personas inocentes o personas que están buscando cumplir la ley”.
Habla de inmigrantes arrestados después de comparecer ante un tribunal. De trabajadores. De contribuyentes. De padres de ciudadanos estadounidenses. “Esas son cosas que no podemos permitir”. Y denuncia algo todavía más inquietante.
“La aplicación de estas leyes muchas veces tiene hasta un perfil racial. Si eres de color, si eres hispano, si te encuentran hablando español o tienes un acento, entonces corres riesgo”. “Ese es el problema”, remacha. “Cómo se aplica la ley”.
El obispo Evelio durante su primera misa t
“No tenemos miedo de alzar la voz”
Ante esa realidad, Menjívar-Ayala dibuja una Iglesia que no se limite a prestar asistencia cuando el daño ya está hecho. Habla primero de acompañar: “Hacerle sentir al inmigrante que no está solo, que la Iglesia está con ellos”. Después, de informar sobre derechos y posibles vías de regularización. Y finalmente de denunciar. “Como obispos tenemos que alzar nuestra voz en defensa de los inmigrantes”, proclama. “No tenemos miedo de alzar la voz, de defender los derechos, de denunciar el maltrato, los atropellos a los inmigrantes”.
También intenta combatir una amnesia que considera paradójica en un país construido por sucesivas oleadas migratorias. “Estados Unidos es un país de inmigrantes y así lo ha sido siempre”, rememora. Su nuevo hogar episcopal parece devolverlo, de algún modo, al punto de partida. Tras décadas en Washington y Maryland, rodeado de una nutrida comunidad latinoamericana y especialmente salvadoreña, Virginia Occidental significa volver a ser minoría.
“Cuando salí de El Salvador traía una mochila quizás con una muda, pero esa mochila venía llena de sueños, llena de esperanza, llena de proyectos“
“Llegar aquí es como volver a recordar ese tiempo cuando llegué a Los Ángeles, cuando recién llegué a Maryland: abrir camino”. Y es entonces cuando reaparece el muchacho del maletero. “Cuando salí de El Salvador traía una mochila quizás con una muda, pero esa mochila venía llena de sueños, de esperanza, de proyectos”, evoca.
¿Qué le diría hoy el obispo al inmigrante clandestino que fue, al joven que atravesó México, conoció sus cárceles y realizó hasta tres tentativas para cruzar la frontera? Menjívar-Ayala tarda apenas unos segundos en responder. “Que siga adelante, que siga caminando. Que le eche ganas, porque así somos los inmigrantes. No le hacemos mala cara a lo que se nos propone”. Porque, asegura, aquel joven no se quedó encerrado en el maletero de un coche hace más de treinta años. “Ese joven ilusionado todavía está en mí”.