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Trashumancia en tiempos de coronavirus

  • Los hermanos Cardo recorren cada año 400 kilómetros hasta llegar a su destino: el Valle de Alcudia
  • La trashumancia es una actividad en peligro de extinción a pesar de sus beneficios medioambientales

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Manolo y Claudia atraviesan cada año la provincia de Cuenca con sus ovejas SARA BATRES

Con la llegada del frío, la trashumancia comienza su camino. Los ganados abandonan las altas montañas en busca de dehesas con temperaturas más suaves. De las sierras agotadas de pastos al sur, donde esperan verdes prados.

En Cuenca, los Hermanos Cardo han sido los primeros en partir. Por delante 400 kilómetros. Los recorren cada año Antonio, Manolo y su hija Claudia con 1.600 ovejas. Parten de Vega del Codorno, en la Serranía Conquense, en dirección a Mestanza, Ciudad Real. Veinticinco duros días hasta llegar al destino que para ellos ya es rutinario. “Por la mañana te levantas, quitas las tiendas, desayunas, pones las monturas a los caballos y sueltas las ovejas del corral. Y andar y andar todo el día”, nos cuenta Manolo, el menor de los hermanos.

Por la mañana te levantas, quitas las tiendas, desayunas, pones las monturas a los caballos y sueltas las ovejas del corral. Y andar y andar todo el día

Mantiene y genera biodiversidad

Trashumar permite ahorrar en costes de transporte a la vez que el ganado se alimenta en la andadura. Pero, además, hay otros motivos medioambientales por los que mantener esta tradición ancestral: la trashumancia contribuye al sostén de la diversidad de hábitats.

Documentar estos beneficios es el objetivo de Ricardo de Diego, un educador ambiental que acompaña este año a los hermanos Cardo en su viaje a Mestanza. “Es de las pocas oportunidades que hay de que, de forma natural, estos corredores medioambientales se vayan regenerando. Son un paso natural de ganados, los cuales, en sus heces y en la lana, portan semillas de todo tipo y están manteniendo este ecosistema”.

Las ovejas diseminan semillas y fertilizan el suelo. Su paso, además, previene los incendios forestales. Por eso, Ricardo se lamenta: “qué pena que haya terrenos vallados. Si yo tuviera una parcela de este tipo, la prepararía aposta para que hicieran noche allí y que los animales se aposentaran en el terreno”.

Abandono de veredas y falta de abrevaderos

Los pastores trashumantes disponen ahora de numerosas facilidades de las que no gozaban antaño: equipos de calidad, vehículos de apoyo… Una situación que contrasta con el estado en el que se encuentran los caminos. “Las veredas aquí en la provincia de Cuenca, en algunos tramos, están de vergüenza, así de claro. Porque están invadidas totalmente”, denuncia Manolo Cardo.

Los ganaderos reclaman limpieza en las cañadas y que los agricultores las respeten y no labren a su alrededor. “La gente se piensa que son suyas y labran el terreno… Hacen todo lo que quieren”, protesta Antonio que también pide a los ayuntamientos que cimienten y mantengan los abrevaderos. “Si va lloviendo, no hay problema. Pero hay momentos en los que hay sequía y no hay abrevaderos. Faltan infraestructuras, puntos de agua”.

Una actividad en peligro de extinción 

La falta de infraestructuras y los obstáculos del camino son factores responsables del gran declive en el que se encuentra inmersa la trashumancia, pero no son los únicos. “El relevo generacional no existe. En raros casos se ven a chavales que se hayan incorporado al sector y sean dueños de ganado”, segura Manolo.

El relevo generacional no existe. En raros casos se ven a chavales que se hayan incorporado al sector y sean dueños de ganado

Este año, en Castilla-La Mancha, solo trashumarán cinco ganados: cuatro de ovejas y uno de vacas. “Lo tienes que vivir. Te tiene que gustar y te tiene que atraer esto: el monte, el campo y la aventura”, apunta Antonio que, asegura, seguirán con la tradición hasta que la salud se lo permita: “yo quisiera, si pudiéramos, jubilarnos trashumando”. Todo por mantener un patrimonio etnográfico que consideran es preciso conservar y recuperar.

La trashumancia en época de coronavirus

La vuelta a Ciudad Real la están realizando sin apenas percatarse de la incidencia de la pandemia pero no fue el caso de la ida. En mayo, coincidiendo con San Isidro, los hermanos Cardo tendrían que haber arrancado la subida a la Serranía conquense. El estado de alarma se lo impidió por dos razones. La primera de ellas, el miedo. “Según estaba la situación, si uno caía enfermo, se paraba el ganado y te liaban una que para qué”, cuenta Manolo.

La limitación de movimientos también fue determinante, añade su hermano Antonio. “La veterinaria, madrileña, solo pudo venir a vacunar el 23 de mayo y ya era demasiado tarde. Las ovejas hubieran comenzado a parir en junio, en pleno traslado”.

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