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"Amen", las aburridas vacaciones de Kim Ki-duk por Europa

  • El director surcoreano presenta una película de presupuesto cero.
  • "Es una película libre, hecha como me ha dado la gana".

Por

Corea del sur

Dirección: Kim Ki-duk

Intérpretes: Kim Ye-na

Sección Oficial

Sinopsis

Una mujer va a Francia en busca de su novio, con el que ha perdido contacto, y se entera de que éste se ha marchado a Venecia. De camino a Venecia, es violada en el tren por un hombre cubierto con una máscara antigás que, además, le roba el equipaje. A partir de ahí, y en vista de que su novio tampoco se encuentra en Venecia, la mujer inicia un periplo por media Europa perseguida por su violador, que le irá devolviendo todas sus pertenencias una a una.

En el pasado festival de Cannes, Kim Ki-duk presentó Arirang. Después compró unos billetes de tren para Venecia, París y Aviñón. Y en compañía de una actriz y una cámara digital ha creado Amen, una película que prescinde prácticamente de todo, incluyendo, en palabras de propio director surcoreano, el espectador.

Kik Ki-duk tiene el suficiente prestigio como para colar una película casera en la sección oficial del Festival. "Cuando empecé a hacer películas hace 15 años, pensaba que para hacer cine hacia falta industria. Dentro del sistema, tenía que tener en cuenta los espectadores y siempre pensaba que mis películas no eran sinceras. Tenía ganas de librarme del sistema, los espectadores y el capital", ha señalado, como declaración de intenciones, en la rueda de prensa.

Esa búsqueda de un lenguaje propio parece el único motivo de crear Amen. "Quería ser más sincero, más franco. Es una película libre y sincera, hecha como me da la gana. Sólo quería transmitir que cualquier persona puede hacer una película. No espero que se venda ni que se pague por verla".

Ki-duk, envanecido por momentos ante preguntas incómodas, ha reconocido que no esperaba competir en sección oficial con esta película. "He recibido muchos premios, ¿la Concha de oro es para tanto?".

Libre pero vacía

Es fácil simpatizar con las teorías de Kim Ki-duk. Al menos Amen demuestra que es posible rodar una historia con míminos elementos y presupuestos. Y el uso natural del sonido es una opción del lenguaje cinematográfico por vindicar. Pero, proyectada en la enorme pantalla del Kursal, su propuesta interesa unos cinco minutos.

Ver Amen es una experiencia, acústica más que visual, vacía absolutamente de contenido. Es pura transición y repetición. El argumento, cuando por fin aparece, es según ha esclarecido Ki-Duk, como a través del sufrimiento se encuentra el sentido de la vida.

Aunque aparecen las obsesiones del directo como las mujeres, o los personajes que se comunican sin llegar a verse (Hierro 3); Amen solo se puede interpretar como un boceto o un experimento paradójico: si el espectador no interesa al autor ¿Por qué lo busca en un festival de cine?

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