CRISTINA ÓNEGA Lo primero que aprende un periodista de tribunales es que las resoluciones hay que leerlas por el final. Luego, si hay tiempo, uno mira si hay votos particulares. Y si siguen sobrando minutos, buscas una frase contundente que adorne la crónica. Eso hizo Garzón cuando recogió su sentencia. Cuentan que fue a la página 67, miró el fallo y leyó el número 11. Once años de inhabilitación. Estaba todavía dentro del Supremo.
Es posible que en ese momento llamara a alguien. Pero eso forma parte de su leyenda más íntima. Lo que sí nos cuentan es que la sentencia completa la leyó después en casa. Seguro que releyó el fallo, la parte de la multa de 2.500 euros y eso de las “costas del proceso”. Tenía que pagar los honorarios de los abogados (seguro que caros) que le habían acusado. Dos de ellos representaban a los supuestos cabecillas de la Gürtel.
Garzón veía venir la condena. Pero la seguridad de que algo va a pasar no sirve para afrontarlo. Aquella tarde Baltasar Garzón Real era un hombre abatido. Y triste. Un hombre que sobre todo recordaba una frase de la sentencia: “Adoptó prácticas de regímenes totalitarios”. Pensaba que se la podían haber ahorrado. Fue, seguro, la que más le dolió. Pero sacó fuerzas para leer los mensajes que le llegaban al móvil e incluso para responder llamadas.
Esa tarde la fiscal Dolores Delgado escribió desde su despacho de la Audiencia Nacional un texto de cuatro párrafos titulado “Al juez”. El escrito arranca así: “En memoria de un gran juez, una gran persona y un gran compañero. Todo por ese orden”.
Delgado dejó el texto guardado en su ordenador. Quizá se llevó una copia. El caso es que no lo borró, no le puso firma y decidió que quien quisiera podía adherirse. El texto ahora tiene firmas como la de Pérez Esquivel o la Fundación Saramago y la idea es hacerlo público.
“Garzón mira al futuro y en el horizonte está la justicia”, dicen sus amigos. Ahora le espera un futuro académico, universitario, de asesor de organismos internacionales siempre enfocado a la justicia. De momento, coordina la veeduría internacional que supervisa la reforma del sistema judicial de Ecuador, continúa en la misión de la OEA y forma parte del Comité Internacional de la Tortura del Consejo de Europa.
No podrá impartir justicia y pierde su plaza en el juzgado de la Audiencia Nacional que ocupaba desde enero de 1988. Aquel año TVE grabó una de sus primeras entradas en la sede judicial con gafas de pasta y muchos kilos menos. Desde ese juzgado Garzón revolvió España. Siempre estaba activo. Muchas veces con una Coca Cola Light en la mano, entraba y salía de su despacho y ordenaba. Era como una olla a presión. Los perseguidos pusieron de moda el término “garzonada” y los periodistas aprendieron a vivir hasta 14 horas diarias en el hall de la segunda planta de la Audiencia Nacional.
Los que le quieren recuerdan que luchó contra narcos, persiguió la guerra sucia del Estado, el terrorismo de ETA y de su entorno. Fue el primero en hostigar el terrorismo yihadista, luchó contra la impunidad de los crímenes contra la humanidad y defendió que el desarrollo de un país exigía combatir la corrupción.
Sus detractores nunca le perdonaron su paso (10 meses) por la política con el gobierno de Felipe González. Difundieron que era un mal instructor, oportunista, filtrador y estrella. Le criticaron su marcha a Nueva York. Y quizá se alegraron cuando, antes de declarar, le ordenaron despojarse de la toga (todo un símbolo).
Puede que todo eso sea verdad. Y que la sentencia sea la correcta. O no. Pero sean ustedes quienes coloquen las dos opciones en una balanza. ¿Qué les pesa más?
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