El Barcelona hizo historia en Wembley ganando su cuarta Champions tras imponerse al Manchester en la final por un cortísimo 3-1. Corto porque el Barça, salvo los diez primeros minutos, pasó por encima de los ingleses con una exhibición de fútbol memorable. Dominio, profundidad, verticalidad, toque, recuperación, rigor táctico... Más que una final, parecía un partido de profesores contra alumnos, y no es demérito del Manchester (le ha pasado los de Ferguson, pero también al Real Madrid... y a todos). El mérito es de un equipo que probablemente ya es el mejor de todos los tiempos. Históricamente los habrá con más títulos (de momento), pero no por juego. Nadie en toda la historia del fútbol ha jugado nunca con esa autoridad tan brillante y regular con la maneja los partidos este Barcelona. Hace pequeños a los rivales, sin distinción, y lo hace SIEMPRE, que es lo más difícil. Segunda Champions de la era Guardiola y tercera de esta fantástica e inigualable generación de futbolistas. Pocas veces es tan justo dar la enhorabuena a un campeón cuyo espíritu se resume en un gesto, el que tuvo Puyol cediendo a Abidal el brazalete de capitán y el honor de recoger la copa. No es fácil renunciar a levantarla, y ahí está la base del éxito, en la unión de un vesturario solidario en el que mucho tiene que ver Pep Guardiola.