Es posible que el Barça nos tenga demasiado bien acostumbrados, y de ahí que se le exija algo más. Tuvo una posesión aplastante y dominó el partido, pero eso era evidente antes de empezar. Control sin profundidad no sirve de nada. El Barça realizó un juego demasiado plano, en ocasiones lento, espeso. Es cierto que el cerrojo del Inter no concedía espacios y que al esperar tan atrás les dejaban sin capacidad de sorpresa, fundamentalmente por la banda derecha. Alves podía subir y recibir en su banda siempre que quisiera, pero tenía que encarar, porque internarse con un desmarque era imposible. Y ahí estuvo el fallo del Barça, en no saber cómo dejar de ser previsible.
No buscó un dos para uno en banda, no intentó paredes ni sacó del sitio a un solo defensor. Gran culpa de ello la tuvieron Ibrahimovic, más estático que nunca, sin caer a la banda o descargar de espaldas para abrir pasillos (por eso el equipo mejoró con la entrada de Bojan), y Messi, que huyó de Zanetti para irse demasiado abajo a recibir, justo lo que quería el Inter, que el desequilibrante nunca recibiese en carrera. Tuvo una, con un zurdazo colocado que sacó prodigiosamente Julio César, y nada más se supo. Sólo Pedro en la izquierda puso algo de luz al ataque azulgrana. El canario fue la única opción de pase real que tuvo Xavi durante todo el encuentro. Sin contar el gol de Piqué y el tanto anulado a Bojan por mano de Touré, el Barça solamente hizo dos ocasiones claras (la de Messi y un cabezazo de Bojan), un bagaje muy pobre para remotar.