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BULLYING

Historia de un acoso: "El silencio de los compañeros puede doler más que un puñetazo"

  • "Los miedos y las inseguridades que te provoca tardan mucho tiempo en difuminarse"
  • Estas son las secuelas que deja el bullying
  • "Es importante que se cuente"

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Acoso escolar
Acoso escolar cropper

La lacra del bullying la sufre actualmente uno de cada tres alumnos españoles. La cifra es abrumadora. Pero muchas veces hablamos de ello, sin pensar en las secuelas que deja tras de sí. Hemos hablado con una de esas personas que lo ha sufrido de los 13 a los 17 años. Ahora con 30, Victoria lo mira con perspectiva y es capaz de hablar de ello y reflexionar sobre las consecuencias que ha dejado en su persona. 

Nos cuenta lo difícil que es detectarlo, lo fácil que es mirar hacia otro lado para quienes son testigos de ello, lo sencillo que a veces es justificarlo, y sobre todo, lo que cuesta superarlo. Su testimonio va más allá de las causas, si es que las hay, del bullying. Ella profundiza sobre los efectos que deja en una adolescente y que se arrastran hasta la edad adulta. También quiere dejar claro que es necesario alejar la positivad tóxica del discurso del bullying. "No hay nada de positivo en todo esto", subraya. 

P: ¿Hemos aprendido a hablar del bullying?

R: Creo que aún es necesario cierto cambio de discurso. Desterrar, por ejemplo, esa idea tan peligrosa de "lo que no te mata te hace más fuerte", que hoy todavía es recurrente. Pretender introducir positividad en un marco tan doloroso me parece no sólo desacertado, sino también injusto, al menos a corto plazo. Injusto porque creo que implica una carga añadida para quienes sufren o han sufrido este tipo de acoso: la de mantener una actitud positiva mientras tratan de recomponerse. Las secuelas que deja el bullying pueden llegar a ser muy profundas. Los miedos y las inseguridades que te provoca tardan mucho tiempo en difuminarse. Te borran a ti y sólo eres capaz de verles a ellos. No hay nada de positivo en todo esto.

P: Uno de cada tres alumnos españoles sufre acoso escolar. La cifra es alarmante. Tanto por parte del profesor como de la víctima, ¿se llega a normalizar?

R: Cuando yo viví este tipo de acoso, el término 'bullying' aún no estaba implantado. En mi colegio, teníamos charlas sobre educación sexual, pero no sobre acoso escolar. Por eso creo que es importante poner nombre a las cosas: porque parece que lo que no se nombra no existe. Hoy se habla de prevención, de sensibilización y de protocolos de actuación, y eso es alentador, pero también se habla de ciberacoso o 'ciberbullying'. Quiero pensar que los profesores hoy están mucho mejor formados que aquella tutora que despachó mi búsqueda de ayuda con un "parecéis niños pequeños". Yo tenía entonces 13 años. El acoso duró hasta los 17. Acabé, efectivamente, normalizando la situación. Resignándome hasta el extremo de rechazar la ayuda que otros me ofrecían.

P: ¿Se instaló el silencio entre los compañeros?

R: No solo el silencio, sino la complicidad. Creo que esa complicidad a veces es más dañina que el propio ataque. Puede doler más que un puñetazo. Hay, además, algo que me asquea mucho, y es esa tendencia, quizá inconsciente, a justificar al agresor. A veces, me sorprendía incluso a mí misma tratando de entenderles. A los que me aislaban en el recreo. A los que garabateaban insultos en mi silla. Supongo que era mi forma de intentar dar con una explicación que me ayudase a digerir lo que estaba ocurriendo. El problema es cuando, desde fuera, se perpetua ese supuesto perfil de acosador. Como si esa conducta suya únicamente obedeciera a un intento de desviar la atención de sus propios miedos y complejos. Como si no hubiera maldad.

P: ¿A veces es difícil de detectar o hay quienes no lo quieren ver?

R: A veces, es difícil de detectar. Yo, por ejemplo, opté por el silencio. Y eso es lo peor que pude hacer. Un tipo de acoso en el que, como fue en mi caso, no existen pruebas físicas, en el que todo queda en la humillación, en el insulto, es complicado de identificar. Hoy se insiste mucho a los padres en que estén atentos a los posibles síntomas que puede presentar su hijo si es víctima de algún tipo de acoso, pero creo que es igual de importante que se cuestionen si, quizá, su hijo es el acosador.

P: ¿Qué le dirías hoy a quien te hizo bullying?

Siempre tendré la duda de si quienes lo hacen son realmente conscientes de todo el daño que causan. A más de uno le pregunté, mirándole a los ojos, por qué hacía lo que hacía. Nunca obtuve ninguna respuesta. Ni siquiera sostenían la mirada. Sólo con el tiempo he llegado a convencerme de que sus motivos, si es que alguna vez llegaron a existir, han dejado de importarme.

P: ¿Y a quien ahora puede estar sufriéndolo?

Me gustaría decirle que nada de esto es culpa suya. Pero sé que esto es infinitamente más fácil para mí decirlo que para la otra persona creerlo. Por eso, le abrazaría muy fuerte. Le insistiría en que, con el tiempo, logrará dejarlo atrás. Recordarlo sin que (casi) duela. Le diría también que la vida, seguro, le tiene preparados infinidad de momentos que merecen la pena ser vividos, y que tiene que coger fuerzas para no perderse ninguno de ellos. Y que, hasta que se convenza de que todo esto que le digo es verdad, que lo cuente. Sobre todo, que lo cuente.

P: ¿Se logra dejarlo atrás?

Una de las veces que más segura he estado de ello fue después de que, en terapia, mi psicóloga me propusiera utilizar la técnica de la silla vacía. Yo llevaba varios meses acudiendo a su consulta y las dos acordamos que ya estaba preparada. Para la sesión de ese día, me pidió que llevase una foto mía que estuviera hecha durante los años en los que sufrí este acoso. Con toda la intención, cogí una foto que me hizo mi hermana un verano, porque mi familia siempre ha sido y será refugio. Recuerdo que, en plena sesión, me vi dialogando con esa niña. Pidiéndole que se mantuviera fuerte. Que no tuviera miedo. Y prometiéndole que nunca más volvería a pasar por aquello. Al final, cuando mi psicóloga me preguntó en el momento del cierre cómo me quería despedir de esa niña, recuerdo que le dije: "No me voy a despedir de ella, porque no pienso dejarla sola. Esta niña se viene conmigo".