150 años de Aníbal González y la Sevilla que soñó desde el regionalismo arquitectónico
- La Plaza de España o la Plaza de América son algunas de sus construcciones emblemáticas en la capital andaluza
- Fue director de la Exposición Iberoamericana de 1929 y máximo exponente del regionalismo andaluz.
Pasear por Sevilla es pasear por la obra de Aníbal González. Su huella está presente en emblemáticas edificaciones de la capital andaluza por la que pasan a diario miles de personas. Palacios, edificios civiles y religiosos, pabellones y viviendas además de la monumental Plaza de España salieron de la imaginación del arquitecto más prolífico e influyente del siglo XX en Sevilla, una ciudad que transformó urbanísticamente.
Aníbal González y Álvarez-Ossorio nació el 10 de junio de 1876 en el número 29 de la céntrica calle Bustos Tavera. Tras titularse como arquitecto en 1902 por la Escuela de Arquitectura de Madrid, alcanzó su máximo reconocimiento cuando ganó el concurso para dirigir la Exposición Iberoamericana de 1929, un certamen que dirigió durante quince años y gracias al cual diseñó el núcleo monumental de la capital andaluza.
Máximo exponente del regionalismo andaluz
“Aníbal González es un excelente testimonio de su tiempo”, señala Víctor Pérez Escolano, catedrático emérito de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Sevilla quien nos explica cómo el genio sevillano llegó a convertirse en el máximo exponente del regionalismo andaluz, una corriente arquitectónica surgida a finales del siglo XIX y principios del XX.
Por entonces la arquitectura española vivía a una crisis relevante fruto de la guerra de Cuba y el conflicto en Filipinas. Como reacción a ese contexto sociopolítico surge una corriente de pensamiento llamado regeneracionismo, movimiento que en ámbito arquitectónico desarrolló la idea de modernizar el país con construcciones nacionales que conjugaran los estilos arquitectónicos de los momentos brillantes de la historia. Ideales que hoy conocemos de forma plástica como regionalismo andaluz, estilo en el que rápidamente se involucró un joven Aníbal González.
El artista utilizó inspiraciones tradicionales, historicismo y arquitectura local para transformar la identidad visual de Sevilla de una manera única. “El reflejo más significativo de su estilo es lo que hace en la Plaza de América de Sevilla tras ganar el concurso para hacer la Expo Hispanoamericana de 1929”, sostiene Pérez Escolano.
La Plaza de América, anexa al Parque de María Luisa, es un conjunto de pabellones en el que cada uno responde a un estilo del pasado. El Pabellón Mudéjar es la actual sede del Museo de Artes y Costumbres, el Pabellón Real responde a una arquitectura gótica y el Pabellón del Renacimiento acoge el Museo Arqueológico.
La Plaza de España, su obra más universal
Sin embargo, es frente a su obra cumbre donde Sevilla ha inmortalizado a Aníbal González. La imponente estatua de su figura se sitúa mirando hacia la Torre Norte del conjunto monumental de la Plaza de España, icono de la Exposición Universal de 1929 y uno de los monumentos más admirados y visitados del país.
El arquitecto de Sevilla terminó modificando el proyecto original de este espacio que cuenta con 50 mil metros cuadrados que representan el abrazo de España a sus antiguas colonias. “La Plaza de España estaba ideada para ser pabellones independientes, como la Plaza de América, pero finalmente terminaron por juntarse y formar un gran edificio de magnitudes extraordinarias a la manera de las grandes exposiciones universales. Como el Trocadero de París”, explica Pérez Escolano.
Sin embargo, esta construcción le trae un gran disgusto.
“Lo que ahora reconoce todo el mundo, en aquel momento era criticado“
Recuerda que la Real Academia de las Bellas Artes manifestó entonces un profundo rechazo hacia el proyecto. “Decían que las torres eran excesivamente altas, incluso más que la Giralda”. Valoraciones que le supusieron una profunda crisis personal y profesional hasta el punto de dimitir como director de las obras en 1926, tres años antes de la inauguración de la Exposición.
Ya fuera de la Exposición, Aníbal González se centró en un ambicioso proyecto: la basílica de la Inmaculada Milagrosa en los Jardines de la Buhaira, en Sevilla, de la que llegó a construirse los cimientos. Según Pérez Escolano, “una gran construcción que guardaría cierta similitud con el empuje final de la Sagrada Familia de Gaudí, aunque de menor impacto creativo”. Su implicación personal en este proyecto ocupa los momentos finales de su vida.
Su huella define el paisaje de Sevilla
Al margen de la Exposición, el creador de la Plaza de España mantuvo una intensa actividad. Fue artífice de innumerables proyectos dentro y fuera de la capital andaluza. Especialmente activo fue su trabajo en el paisaje urbano de Aracena, en Huelva, donde diseñó el Casino de Arias Montano o el Lavadero Fuente del Concejo. El Gallo Azul en Jerez de la Frontera o varias villas en Sanlúcar de Barrameda también forman parte de su legado.
“Era un virtuoso en el uso de los estilos. Un arquitecto ecléctico que usaba el gótico el mudéjar y el renacimiento sin necesidad de adscribirse a ninguno por completo. Utilizaba los estilos como variantes creativas. En eso era un gran dominador”.
El catedrático Víctor Pérez Escolano pone también en valor la participación del genio sevillano en procesos de innovación de la ciudad como aperturas o ensanches interiores de calles. “Dos muy significativas es la apertura de la Avenida de la Constitución o la plaza de La Campana”. La huella del arquitecto se encuentra en cientos de edificios de Sevilla. La Casa Luca de Tena, en la Avenida de la Palmera, la Capilla del Carmen en el Puente de Triana, la Casa de las Conchas en Mateos Gago o el Edificio para Manuel Nogueria en Santa María de Gracia son otras de sus construcciones más notorias en una ciudad que convirtió en un museo al aire libre.