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Entrevista

Emilio Santiago (CSIC): "El escenario ecológico está peor, pero en las posibilidades de darle solución estamos mejor"

  • El antropólogo publica Contra el mito del colapso ecológico, un alegato contra el derrotismo climático y a favor de la esperanza
  • "El ecologismo ya tiene el miedo y la rabia, le hace falta disputar el deseo", asegura en esta entrevista

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Emilio Santiago, antropólogo climático del CSIC, publica 'Contra el mito del colapso ecológico'
Emilio Santiago, antropólogo climático del CSIC, publica 'Contra el mito del colapso ecológico'

A medida que los efectos irrebatibles de la crisis climática se multiplican y se hacen más palpables en nuestras vidas, en forma de olas de calor, sequías o eventos extremos, un discurso ha ido cogiendo fuerza dentro del ecologismo: el llamado colapsismo -un término controvertido y preferido por sus detractores más que por sus defensores-.

A grandes trazos, y con diferencias dentro de la misma, esta corriente propugna que nuestra sociedad industrial está abocada al colapso por la agudización del cambio climático y, sobre todo, por la escasez energética que dejará una caída de producción de los combustibles fósiles. Ante un colapso inevitable, señalan, lo mejor que podemos hacer es adaptarnos a él. Frente a este argumento, el investigador en Antropología climática del CSIC Emilio Santiago -quien durante años apoyó estas tesis-, ha publicado Contra el mito del colapso ecológico (Arpa), un ensayo que no es solo un alegato contra el derrotismo climático sino también una llamada a la acción y una defensa de la esperanza en tiempos difíciles.

Portada del libro

Portada del libro ARPA

Pregunta: ¿Qué es el colapsismo?

Respuesta: Es una corriente ideológica dentro del ecologismo político y un estado de ánimo en formación en los imaginarios de la sociedad. Dan la categoría de hecho consumado a algo que se decide llamar colapso, y eso condiciona nuestras estrategias y nuestras respuestas en el presente. El ecologismo siempre ha tenido una pulsión colapsista, pero en los últimos años, a raíz del agravamiento de la crisis ecológica, ha ganado presencia.

P: ¿Por qué dices que puede "castrar" al ecologismo transformador?

R: Hay dos peligros distintos. Uno es de naturaleza política y otro de naturaleza científica. El de naturaleza científica es que puede fomentar diagnósticos que, a mi juicio, no son precisos sobre lo que viene. Es decir, vienen tiempos difíciles, pero pensar esos tiempos en términos de colapso creo que no es riguroso. Más bien viviremos otros procesos que cabría llamar con otros nombres.

Y a nivel político, el problema es que pequeñas dosis de alarma son necesarias, pero a grandes dosis, lo que nos indican todas las pruebas, tanto estudios de comunicación política como etnográficas como sociológicas, es que conducen a la desmovilización, a un clima de nihilismo en el que si todo está perdido, pues me dedico a reafirmarme en lo que hay y aprovechar hasta que se pare la música.

El miedo y la alarma, salvo para minorías muy pequeñas, suelen ser desmovilizadores

Entonces, en un momento en el que un sujeto climático consciente tiene un papel político fundamental, creo que hay que al menos calibrar la dosis de alarmismo o de catastrofismo en nuestros discursos y orientarse más hacia un cambio que tenga que ver con otros afectos, no tanto con el miedo. Puede ser la rabia, puede ser la esperanza. Yo pongo mucho énfasis en el libro en la esperanza, pero no solo, los afectos no compiten. Pero sin duda el miedo y la alarma, salvo para minorías muy pequeñas, suelen ser desmovilizadores.

P: En el libro defiendes un "optimismo militante". ¿Qué tiene más poder a la hora de apelar a la población, el miedo o la esperanza?

R: No hay una respuesta ajena a los contextos. Cuando uno estudia los procesos de cambio social, se pueden extraer algunas conclusiones muy generales. Una, que los afectos son imprescindibles. La política va más de afectos que de razón. Y en segundo lugar, casi siempre se tiene que combinar un agravio, es decir, una sensación de abuso, humillación o de rabia, con un horizonte al que poder conducir esa rabia. Ese elemento de esperanza o de imaginar un futuro mejor por el que merezca la pena arriesgarse. Necesitas tener un suelo en el que al que dirigirte en ese salto y luego un impulso para saltar que casi siempre tiene que ver con la injusticia.

P: ¿El ecologismo se ha centrado demasiado en tener la razón, en confiar en que al mostrar la verdad científica a la población esto se traduzca en una mayor movilización?

R: El ecologismo lleva 50 años informando a la sociedad de que se están produciendo procesos que pueden ser destructivos. Y creo que no lo ha hecho del todo mal: somos una sociedad que a grandes rasgos aceptamos que el cambio climático es real, que es antropogénico y que puede ser gravísimo para el futuro de nuestras sociedades. Otra cosa es que pasemos a la acción, pero porque la acción no tiene que ver con los datos. La acción tiene que ver más con los relatos, con la identidad, con las motivaciones, con la moral, con otro tipo de dimensiones que no se ajustan a la mera transmisión correcta de una información.

P: ¿Puede llevar el colapsismo a un discurso del "sálvese quien pueda"? Si va a venir un colapso, me voy a preparar para ello.

R: Ese es uno de los problemas. Creo que el colapsismo infravalora es qué tipo de sociedad somos. Somos sociedades profundamente moldeadas por el neoliberalismo, que se encarna en un descreimiento absoluto de la política, de la cooperación. Y por tanto, paradójicamente, aunque los discursos colapsistas suelen llamar a una salida comunitaria, su efecto en sociedades así puede ser reafirmar más las salidas de corte individualista. En esto, además, llueve sobre mojado, en el sentido de que somos sociedades bombardeadas por narrativas distópicas, cuyo elemento fundamental no solo es que el futuro va a ser peor, sino que la política no va a tener nada que decir.

Como mucho, lo que vas a tener que decir es tú con tu habilidad personal. Una especie de meritocracia darwinista, de supervivencia del más fuerte, que es la moraleja neoliberal por excelencia.

P: En contra de este discurso derrotista, dices que "el ecologismo está ganando sin darse cuenta". ¿En qué se ve esto?

R: Se ve en muchas cosas. En el cambio social, antes de que tus propuestas se cristalicen en cambios estructurales, tienes que liderar moral, cultural e intelectualmente. Hay primero una batalla cultural que dar, y creo que esa batalla no está ganada pero sí está mucho mejor que hace 30 o 40 años. Y eso permite que seamos sociedades donde esto ya está en el centro del debate.

Existe una conciencia climática masiva que en algunos momentos puntuales ha dado lugar a movilizaciones que han sido históricas. Además se han desarrollado cambios culturales que facilitan mucho un patrón de vida sostenible, en cuestiones como la movilidad o la alimentación, que no existían hace diez años. Hay que reconocer que ha habido desarrollos tecnológicos que nos facilitan la labor de la descarbonización: la reducción de costes de las renovables en los últimos diez años ha sido espectacular. Y el paradigma macroeconómico está cambiando. Lo que era imposible en la era del predominio neoliberal, al menos ahora es disputable: un estado emprendedor, un mayor peso de lo público, de ideas como la planificación. Todo eso estaba abolido del debate económico y ahora está en el centro del debate.

P: Sobre todo a partir de la pandemia.

R: Por la pandemia y por desgracia también por la guerra, que también ha inducido un factor de retorno del Estado al plano económico. Y esto nos pone la transición más fácil. El escenario ecológico está peor, pero en las posibilidades de darle solución estamos mejor. Los ecologistas a veces infravaloran todas estas conquistas en pos de un modelo de cambio muy maximalista, muy instantáneo, muy automático, que creo que no realista. Conviene más entenderlo de un modo más gradual y más ambivalente.

P: Pero si el cambio es tan gradual, ¿no va a ser demasiado lento para la urgencia que tenemos a la hora de actuar?

R: Yo creo que aquí los ritmos no son homogéneos. Vamos a vivir coyunturas más frías, donde el cambio tendrá que ser un poco más gradual y coyunturas más cálidas, que permitan reformas más radicales. Pero lo importante no es la cuestión del ritmo, sino la cuestión de entender que las victorias van a ser parciales, vas a tener que hacer alianzas con sectores que seguramente no te agraden, vas a tener que ceder algunas cosas para conseguir otras. Hay algo de cierto en el hecho de que estamos yendo tarde, pero me niego a admitir, porque los datos no lo confirman con tanta fuerza, es que ya no tengamos tiempo.

P: Dices que es necesario pensar la utopía. ¿Cómo se hace esto cuando el panorama ecológico pinta tan oscuro?

R: Es necesario porque la utopía nos permite dibujar horizontes deseables. Luego, evidentemente, su traducción a políticas concretas va a ser decepcionante, pero hay que ir explorando esos horizontes porque al ecologismo le hace falta disputar el deseo. El miedo ya lo tiene -los datos científicos nos asustan- y la cuestión de la rabia o del agravio viene vinculada con todas las injusticias que la crisis climática genera.

El ecologismo ya tiene el miedo y la rabia, le hace falta disputar el deseo

Sin embargo, al ecologismo le falta esa capacidad de construir narrativas seductoras sobre lo que viene, que permita a la población entender que la transición no es un castigo por nuestros pecados, sino que es una oportunidad de vivir mejor. La utopía es el laboratorio más extremo en el que esto se piensa, donde te das la mayor licencia imaginativa para dibujar futuros posibles. Y luego eso, evidentemente, se decantará en un proceso de traducción en políticas concretas.

P: ¿Es difícil cambiar esta visión de que ir en bicicleta o dejar de comer carne es una manera de empobrecernos?

R: Sí, se ve como una pérdida. Por eso es importante la generación de un imaginario y unas prácticas concretas que permitan una proyección del deseo distinta. Tan importante como el discurso utópico es ser capaces de aterrizar eso en una política pública concreta que transforme tu vida cotidiana. Un ejemplo pueden ser las superillas de Barcelona.

Cuando uno lee una de las pocas novelas ecoutópicas que existen, que es Ecotopía, de Ernest Callenbach, ve una ciudad de San Francisco sin coches, con jardines en las calles, que se parece mucho a esa idea de la superilla de Barcelona. Ahí te das cuenta como hace 30, 40 o 50 años, en medio de la apoteosis del automóvil, hubo un pensador utópico que imagina las ciudades de otra manera. El ecologismo tiene que generar escenarios en los que te den ganas de vivir.