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'Nadie lo quiere creer': Espectros que vuelven a la vida 80 minutos

  • Lazaranda representa en Madrid este 'sainete espectral' hasta el 26 de junio
  • Tres personajes esperan a la muerte en una casa donde solo el pasado vive
  • La compañía andaluza recibió el Premio Nacional de Teatro 2010

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Gaspar Campuzano, Francisco Sánchez y Enrique Bustos intepretan 'Nadie lo quiere creer'.
Gaspar Campuzano, Francisco Sánchez y Enrique Bustos intepretan 'Nadie lo quiere creer'.

Cuando el espectador llega a la sala principal del Teatro Español, antes de que comience la función, ve varias figuras inertes, con atuendos vetustos y apolillados sobre el escenario. Todos creen que son maniquíes pero pronto se desperezan y durante 80 minutos representarán una historia curiosa que nos habla de asuntos tan españoles como el recuerdo magnificado del pasado o el peso de la muerte cuando aún hay -clínicamente- vida. Pasado ese tiempo, volverán a convertirse en estatuas polvorientas. La función ha terminado.

Nadie lo quiere creer es la última producción de Lazaranda (Teatro inestable de Andalucía la Baja) que ganó el último Premio Nacional de Teatro precisamente por entroncar en sus trabajos con "la tradición ibérica del esperpento".

¿Sencillez y barroquismo?

Quienes conocen la trayectoria de la compañía originaria de Jerez, que comenzó hace más de treinta años, reconoce en este nuevo montaje las características habituales del grupo: alegoría, ironía, composiciones escénicas que remiten a una visión pictórica tenebrista, uso simbólico de los objetos...todo ello plasmado en un espacio teatral sencillísimo (tres sábanas y cuatro sillas) que se llena con "la palabra unida a la acción", como nos comenta el autor de la obra, Eusebio Calonge, convencido de que el verbo está en el inicio de todo.

El dramaturgo -que entró en la compañía en 1987 como iluminador- nos explica que -a su juicio- el argumento es también bastante simple, aunque la crítica haya dicho que este es el espectáculo más "clásico" de Lazaranda y también el más narrativo.

El argumento es claro: una vieja adinerada (de una familia que se remonta a los reyes godos, antepasados que enumera a cada momento) agota sus últimos días, acompañada por una vieja criada de toda la vida, y un sobrino lejano, "tan lejano que ni se sabe de donde viene". Los dos conspiran, a veces juntos, a veces por separado para que la anciana -a la que le han amputado un brazo- teste a su favor, antes de que pierda el otro brazo.

En tan esperpénticas circunstancias, los tres actores (Gaspar Campuzano, Francisco Sánchez y Enrique Bustos) que se mueven y hablan magistralmente como ancianos (incluso el sobrino) o como momias, de astracanada indumentaria, despiertan carcajadas.

Jugar a las visitas

Como a todas las viejas, a ésta le gusta hablar por hablar y hablar de todo. Hasta de su muerte. Uno de los temas favoritos es el del responso del que sobrino y criada le leen varias versiones que tienen sus propios títulos, el del "espejo de virtudes" o el del "vacío irremplazable".

Preocupa también el ataúd donde habitará su eternidad; un sarcófago debe ser para toda la vida, argumenta la anciana. Se niega a que sus huesos de estirpe legendaria reposen en una caja de pino con revestimiento de algodón. Cuando el sobrino le presenta el modelo elegido (en realidad un polvoriento reloj de pared), la anciana asegura que a ella no la van a enterrar en "una caja de helado"

Los momentos de mayor disparate tienen lugar cuando la criada se disfraza de familiares (una tía o una prima de la anciana dama) para "jugar a las visitas"; visitas que dejaron de frecuentarles hace mucho. A la criada el personaje de la tía Jacinta (que era una mujer excepcional, según la anciana) le sale fatal. "Mamarracha, quítate esos trapos", le dice su señora. Sin embargo, reconoce que borda el papel de la prima que viene a contar chismes.

El sobrino llegará más lejos. De vez en cuando, se coloca el traje militar y se le "aparece" a la señora. Es su hijo. "Que canijo", dice la madre, antes de entablar conversación con la macabra visita.

Todos reconocemos en esta historia elementos de un humor negro genuinamente español (que incluye la deformación del esperpento, unida a la carcajada cruel) y también de un humor cotidiano, costumbrista, que podemos encontrar tanto en la narrativa decimonónica (Valle Inclán, Unamuno), como en el cine español de la segunda mitad del siglo XX.

"Quizás, quizás, la primera idea surgió cuando visité la casa donde vivió mi abuela", confiesa Eusebio Calonge, cuando le preguntamos cómo nació en su mente esta historia. La podemos (y debemos, diremos casi) ver en Madrid hasta 26 de junio, en el Teatro Español. Luego emprenderá un vuelo que la llevará a México, Montevideo, Buenos Aires y París.