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¿Por qué la lejía blanquea los tejidos?

  • Comenzó a usarse para eliminar manchas en un taller de tapices en el siglo XVIII
  • La lejía fue clave para frenar el contagio de enfermedades a través del agua

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Ropa tendida
Ropa tendida

La lejía es un producto de limpieza presente en casi todos lo hogares. Sirve para labores de lo más dispares: desinfectar superficies, potabilizar aguas y blanquear la ropa. ¿Cuál es su secreto?

La lejía, agua de lavandina o agua Jane es hipoclorito sódico. La lejía doméstica es una disolución de agua con un 5% de hipoclorito. Es de color transparente amarillo verdoso y desprende un olor a cloro muy característico. Ese mismo olor es el que desprenden las piscinas ya que la cloración es una exigencia en la mayoría de las normativas para mantener libre de gérmenes sus aguas.

La lejía mata microorganismos. Ataca las paredes celulares de las bacterias y terminan muriendo. Lo observó el bacteriólogo alemán Robert Kochal microscopio en el laboratorio en 1881. Por este efecto destructivo de los microorganismos también se usa para potabilizar el agua de consumo humano. Fue el médico inglés John Snow el primero que intentó usar el cloro para desinfectar el abastecimiento de agua de la calle Broad en Londres después de un brote de cólera en 1854. Los resultados fueron buenos y décadas más tarde en 1897 durante un brote de fiebre tifoidea, el médico alemán Sims Woodhead usó una solución de lejía para esterilizar las cañerías de distribución de agua potable en Maidstone, Kent (Inglaterra).

El invento funcionaba y allá donde se usaba desaparecían las enfermedades asociadas a patógenos transmitidos por el agua contaminada, como el cólera, fiebre tifoidea, disentería y hepatitis A. Por ello, poco a poco, la cloración de las aguas se extendió por distintas ciudades del mundo.

Nació en un taller francés de tapices reales

La lejía también sirve para eliminar manchas sobre tela blanca, sea cual sea su origen. Lo consigue porque es un potente oxidante, es decir, captura con avidez electrones.

De manera simplificada el color se produce porque la luz blanca incide sobre un material, los electrones de los átomos de ese material absorben un poco de su energía y devuleven la luz sin esa fracción de energía. Esta luz rebotada ya no será blanca, sino de color. Cada material tiene un color según la energía que sean capaces de absorber sus electrones. La lejía captura los electrones. Al no estar disponibles para absorber energía, la tela rebota todas las radiaciones visibles y se muestra blanca a nuestros ojos.

El efecto decolorante de la lejía lo descubrió el químico del siglo XVIII Claude Louise Berthollet. Fue designado director de la Manufacture des Gobelins, unos afamados talleres reales de fabricación de tapices. En su afán por mejorar los procesos de blanqueo probó a utilizar una disolución de un elemento que se había descubierto tres décadas antes, el cloro, pero aplicarlo en forma de gas era complicado y tóxico para los trabajadores. En poco tiempo se dio cuenta de que lo ideal era disolverlo en agua. Se instaló en Javel, un pueblo cerca de Paris, donde empezó a fabricar el producto, que bautizó como ‘agua de Javel’. El resultado del invento, ahora llamado lejía, fue magnífico. Tanto que aún hoy seguimos usándolo.