"Es necesario respectar el voto de los electores, nuestro deber es entenderlos. Hay un voto de crisis que se ha doblado de una elección a otra, a este voto de crisis hay que darle una respuesta.Es un voto de sufrimiento (...). Yo les digo: 'Os he escuchado'".
Con estas palabras el presidente saliente, Nicolás Sarkozy, abría desde su cuartel general de campaña este lunes su campo de juego para las próximas dos semanas de campaña antes de la decisiva segunda vuelta de las presidenciales: tratar de cautivar al 18% de votantes del Frente Nacional, que le han dado a su líder, Marine Le Pen, el mejor resultado de su historia.
Los datos parecen hablar por sí solos: en cinco años la nueva líder de la ultraderecha francesa ha logrado ganar casi ocho puntos respecto al resultado cosechado por su padre en 2007.
La estrategia parece clara: girar a la derecha para favorecer una "unión nacional" contra una "unió de la izquierda" que encarnaría François Hollande, según la campaña de Sarkozy.
"Jamás sin duda el total de la derecha ha estado en un punto tan elevado en este país", ha declarado a AFP Guillaume Peltier, perteneciente al equipo de campaña.
Igualmente, la exministra de Justicia, Rachida Dati, defendía en los platós de televisión que el resultado del domingo "valida los temas de campaña" defendidos por el jefe de estado, especialmente la inmigración, el refuerzo de las fronteras y la deslocalización.
"La gran mayoría de los electores del Frente Nacional de la primera vuelta, si quieren evitar lo peor, no tienen otra opción que votar a Sarkozy para evitar a Hollande", defendía el periódico pro Sarkozy Le Figaro este lunes.
El llamamiento es al 'voto del sufrimiento' que menciona el presidente francés, que no es otro que el voto obrero desencantado que abandonó a los socialistas en los 80 y empezó a mirar a la extrema derecha a medida que su país perdía poderío económico de mano de la globalización.
En 2007 el entonces candidato Sarkozy logró arrebatarle ese voto a Jean-Marie Le Pen con el lema "Trabajar más para ganar más", pero ahora la crisis económica y sus efectos -como la deslocalización y el desempleo- les ha alejado de Sarkozy, identificado tanto por Le Pen como por su reverso izquierdista, Jean-Luc Mèlenchon, como el presidente de los ricos.
"El 1 de mayo vamos a organizar la fiesta del trabajo, pero la fiesta del verdadero trabajo, de los que trabajan duros, de los que se exponen, los que sufren, y no quieren que cuando no se trabaje se gane lo mismo que cuando no se trabaje", añadía Sarkozy en un claro guiño a esos electores.
Pero durante estos cinco años las cosas han cambiado. Mientras que en 2007 el 52% de los trabajadores industriales optaron por Sarkozy frente al 48% que optó por su rival socialista, las encuestas anteriores a los comicios apuntaban a que éstos ahora estarían inclinados en un 60% por Hollande frente a apenas un 40% de Sarkozy.
La clave está en los 350.000 empleos que se han perdido en el sector industrial, precisamente el grupo al que Sarkozy le hizo promesas concretas en 2007 que quedaron en nada.
"Los trabajadores industriales son el mayor grupo electoral y han abandonado a Sarkozy en masa", señalaba a Reuters la semana pasada Guy Michelat, académico de la prestigiosas universidad de Sciences Po de París que estudia el voto obrero.
Un vistazo a los resultados electorales del Frente Nacional constatan que, en efecto, el voto de protesta obrero se ha inclinado por Le Pen en las zonas del norte y nordeste industrial francés, un lugar donde Sarkozy se impuso con cierto margen en la primera vuelta de 2007.
Ahora Le Pen es siempre segunda fuerza en esos departamentos; en unos casos tras Hollande y en otros después de Sarkozy.
Dos localidades ilustran este fenómeno: Florange, la localidad fronteriza con Alemania donde una factoria de Arcelor Mittal corre serio riesgo de cerrar, y Saint-Pol-sur-Mer, una ciudad próxima a Durquerque, en la frontera norte, donde ha cerrado una refinería de Total.
En ambos casos se ha impuesto el Partido Socialista pero con una ventaja mínima ante el Frente Nacional, que ha conseguido buena parte de sus votos gracias al desplome de Sarkozy.
"Sarkozy no ha hecho nada por nosotros. Sus promesas eran simples mentiras", aseguraba a Reuters Jerome Baroin, uno de los trabajadores que marcharon desde Florance hasta la sede de campaña del presidente francés.
Según los sondeos realizados el domingo por la tarde, un máximo de dos tercios de los electores de Marine Le Pen aseguran que votarían por Sarkozy mientras que según el politólogo Pascal Perrineau el presidente saliente necesiaría al menos un 80% de esos votos.
De hecho, esas encuestas mostraban un dato significativo: cerca de un 20% de los que votaron a Le Pen podrían votar a Hollande antes que a Sarkozy.
En unas declaraciones significativas, la primera secretaria de los socialistas franceses, Martine Aubry, se dirigía directamente a esos electores: "El Frente Nacional ha sido alimentado por la crisis, las promesas incumplidas, el fracaso moral".
Los socialistas cuentan ya con el apoyo por omisión del candidato del Frente de Izquierdas, Jean-Luc Mélenchon, que ha pedido que se vote para echar a Sarkozy, un mensaje repetido por otras formaciones minoritarias de izquierda. La candidata de Los Verdes, Eva Joly, ha dicho explícitamente que se vote al socialista.
Con estos apoyos, Hollande contaría con en torno al 44% de los votos mientras que Sarkozy necesitaría del Frente Nacional y de parte de los centristas de Bayrou para conseguir la reelección.
Le Pen, por su parte, cuenta con sus propios planes. Su consigna será, según sus próximos, "ni Sarkozy ni Hollande", pero su objetivo va más allá: ante un previsible colapso de la derecha gaullista -con una larga trayectoria de luchas intestinas- si pierde Sarkozy, aprovechar la coyuntura para presentarse como única alternativa a la izquierda en las legislativas de junio.
"La primera vuelta es el comienzo de una gran batalla de patriotas de derechas. La Batalla de Francia solo ha comenzado", proclamaba Le Pen extasiada ante sus seguidores.
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