Veinte años del golpe de Estado contra Gorbachov, la estocada mortal a la Unión Soviética

       
  • Rusia conmemora el vigésimo aniversario del golpe de 1991
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  • Los golpistas se rebelaron contra la perestroika de Gorbachov
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  • La sublevación aceleró la desintegración de la Unión Soviética
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ESTEFANÍA DE ANTONIOESTEFANÍA DE ANTONIO 

Cuando hace 20 años los tanques del Ejército soviético invadieron la Plaza Roja de la capital rusa, los golpistas que se levantaron contra la perestroika de Mijaíl Gorbachov lograron lo contrario de lo que pretendían evitar: la desintegración de "un gigante con pies de arena"- como definía por aquel entonces el KGB  a la URSS- y el despertar de un pueblo que comenzó a soñar con el camino hacia una democracia que aún está a medio recorrer.

Pero, ¿fue el golpe de Estado la estocada mortal a la URSS o el gigante soviético era ya un cadáver político?

“Sin el golpe, la URSS probablemente también se habría desintegrado porque la secesión de las repúblicas bálticas era un hecho y ese proceso era imparable. El golpe de Estado lo acelera, la desaparición habría sido más lenta y quizás menos caótica, pero se habría producido igual por las propias condiciones económicas de un país que en la práctica era un estado fallido, inviable económicamente y al borde del derrumbe”, explica a RTVE.es la profesora de Relaciones Internacionales de Europa Central y Oriental de la Universidad Complutense de Madrid, María José Pérez del Pozo.

Los rumores de un golpe de Estado contra la URSS habían acompañado a Gorbachov durante todo el invierno y el 19 de agosto de 1991 el ruido de sables se materializó con la entrada de los tanques en Moscú y el anuncio de los golpistas a través de la televisión estatal de que el presidente no podía gobernar "por motivos de salud", y que por ello había sido creado un comité para el estado de emergencia.

"Bush me llamó. Su información provenía del alcalde de Moscú Gavril Popov. Pensé que era una estupidez jugarse el todo por el todo, pero lamentablemente resultaron ser estúpidos", ha comentado de los golpistas Gorbachov en una entrevista publicada esta semana en el diario oficial Rosiskaia Gazeta, en la que recuerda cómo su homólogo estadounidense le advirtió sobre una tentativa de golpe de Estado en su contra.

Bush me llamó para advertirme del golpe

El momento no podía ser mejor. Gorbachov se encontraba de vacaciones en Crimea, lo que alimentaba el vacío de poder, y el mundo miraba a Kuwait, destrozada por la guerra del Golfo. Los golpistas querían, además, impedir que el 20 de agosto se ratificara el Tratado de la Unión, al que definían como el “acta de defunción de la URSS” por contemplar la independencia de Estonia, Letonia y Lituania. 

Gorbachov, el rehén de su perestroika

Sin embargo, el golpe no solo no triunfó sino que aceleró el proceso de desintegración de la Unión Soviética. “La sublevación no consiguió el apoyo de militares de alta graduación ni en Rusia ni en las repúblicas. Los golpistas constituían un grupo muy heterogéneo que estaba descontento con el proceso de reformas políticas y económicas aperturistas que había iniciado Gorbacho, pero cada uno tenía sus propios objetivos y por eso fracasa. El golpe llevaba tanto tiempo gestándose que al final se desgastaron los apoyos”, explica Pérez del Pozo.

"El golpe fue el último clavo en el ataúd de la Unión Soviética", opina en una entrevista con la agencia Reuters, Anton Fedyashin, historidor especialista en Rusia de la Universidad Americana de Washington. "Mirando atrás, fue uno de los ejemplos más sorprendentes de sucesos históricos donde el resultado conseguido es exactamente lo contrario de lo que los autores se proponían hacer. Fue un catalizador histórico para el final de la Unión Soviética".

Entre los implicados en el golpe estaban el vicepresidente soviético, Gennady Yanayev, el jefe de los servicios de inteligencia del KGB, Vladimir Krychkov, el primer ministro, Valentin Pavlov, y los ministros de Defensa e Interior, entre otros. Todos eran miembros del Consejo de Seguridad y los hombres de confianza del presidente Gorbachov, quien más tarde les tacharía de "traidores".

El golpe fue el último clave en el ataúd de la Unión Soviética

“Gorbachov no tenía claro el horizonte de sus reformas. Fue rehén de su proceso de transformación, de su perestroika. Sus intentos de aunar a las facciones más conservadoras y progresistas del partido le pasaron factura”, señala la profesora de Relaciones Internacionales de la UCM.

El resurgir de Boris Yeltsin

El hundimiento de Gorbachov transcurrió paralelo al resurgir de un Boris Yeltsin, entonces presidente de la República Socialista Federativa Soviética rusa, que, encaramado a un tanque, encabezó la rebelión al golpe con el apoyo de miles de moscovitas y unidades militares.

“El golpe supuso el fin de la era Gorbachov y el renacimiento de Yeltsin, que fue muy oportunista y que supo utilizar muy bien su discurso demagógico y populista para catapultar el sentimiento de la opinión pública contra los golpistas y erigirse en salvador de Rusia”, considera Pérez del Pozo. “En esos tres días Yeltsin enseña la cara de lo que va a ser después su administración, un reflejo de su propia personalidad impulsiva e inestable”.

Gorbachov ha reconocido el “papel decisivo” de Yeltsin y también ha elogiado el coraje del pueblo ruso. “Lo importante era evitar un derramamiento de sangre. Podía estallar una guerra civil. Éramos una potencia con armas nucleares”, ha señalado el exdirigente soviético en una rueda de prensa esta semana.

Las inciertas horas que transcurrieron entre el 19 y el 21 de agosto dejaron tan solo un choque entre soldados y manifestantes que acabó con tres muertos, los únicos de este histórico acontecimiento.

Nostalgia postsoviética

Milena Orlova fue una de las miles de moscovitas que no se lo pensó dos veces cuando oyó que los tanques habían tomado Moscú. “No pensé en el peligro. Era joven y loca. Estaba ocurriendo una revolución y yo quería formar parte de ella”, explica a la agencia Reuters Orlova, que era entonces una joven estudiante de Arte de 23 años.

“Resistimos porque pensamos que era la última esperanza que teníamos. Ninguno de nosotros quería volver a la forma de vida soviética”, asegura.

Sin embargo, fue más el temor a un rebelión cruenta lo que movilizó a la gente que el desacuerdo con las ideas de los golpistas, ya que muchos de los que se congregaron junto a Yeltsin en la sede del Parlamento ruso no se imaginaron entonces que, tras el fallido golpe de Estado, la URSS desaparecería en tan solo cuatro meses.

Yo nací en un país que ya no existe

“No hay apasionamiento por parte de la opinión pública, ni participación activa de la sociedad, tan solo una movilización instigada por Yeltsin. No sabían lo que se estaban jugando”, considera Pérez del Pozo.

Veinte años después, Rusia conmemora estos días la fracasada asonada golpista con sentimientos encontrados. Según las encuestas, más de la mitad de los rusos sigue lamentando la desintegración de la URSS, calificada por el primer ministro ruso, Vladimir Putin, como la "mayor catástrofe geopolítica del siglo XX".

Algunos, la mayoría rusos que vivieron bajo el régimen soviético, añoran la estabilidad y certidumbre de los tiempos comunistas y es fácil escucharles decir aquello de "yo nací en un país que ya no existe".

Sueños de democracia por cumplir

Otros, en cambio, apenas recuerdan el nombre de los golpistas y dudan hasta del significado del golpe, aunque los historiadores coinciden en que la sublevación sirvió para demostrar que los rusos habían perdido el miedo al partido y a las estructuras de poder en las que se basaba en el sistema soviético.

Pero el sentimiento más extendido entre los jóvenes rusos de hoy es que la sublevación fue una oportunidad perdida para reformar el país, que comenzó entonces una tímida andadura hacia la democracia de la mano de Yeltsin, que tropezó con la guerra chechena y la corrupción y que hoy se ha topado con el todepoderoso e imperialista Putin.

"Rusia vive todavía en una imitación de la democracia", opina Olga Kryshtanovskaya, directora del Centro de las Élites en la Academia rusa del Instituto de Ciencias Sociológicas. "La gente siente que no importa a quién voten, si Putin se va, vendrá alguien parecido a él. Están resignados a ello porque piensan que así ha sido el estado ruso durante siglos y que no va a cambiar".

"Algunos de nuestros sueños se han realizado. Podemos viajar al extranjero, a algunos amigos les ha ido bien y los artistas hemos probado el sabor de la libertad. Pero la democracia ha ido en retroceso. Pensé que a estas alturas habríamos alcanzado más", señala Orlova, una de las miles de moscovitas que  aquel 19 de agosto de 1991 se puso delante de un tanque para defender su país, pero que hoy, 20 años después, reconoce que ni siquiera acude a las urnas a votar.

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