Enlaces accesibilidad

La beatificación de Juan Pablo II, un paso hacia los altares

  • El proceso para proclamar un beato está rígidamente establecido 
  • Se han acortado los plazos por la "fama de santidad" de Wojtyla 
  • Es necesario al menos un milagro, salvo en el caso de los mártires

Por
Una mujer pasa frente a un cartel con la fotografía de Juan Pablo II en Cracovia
Una mujer pasa frente a un cartel con la fotografía de Juan Pablo II en Cracovia

Juan Pablo II no es santo desde el 1 de mayo,  pero ha recorrido la mitad del camino. La beatificación es el primer paso para la canonización, que puede demorarse aún un número indeterminado de años. Aunque no es descartable que se produzca con similar premura.

El proceso por el que Karol Wojtyla es beato está sujeto, como no podía ser menos, a rígidas normas de derecho canónico. Antiguamente no podía iniciarse antes de 50 años, pero la norma actual reduce el plazo a cinco. Sin embargo, la Santa Sede ha alegado la "reputación de santidad" del anterior Papa, sin duda el más mediático de la Historia, para darse aún más prisa: la causa se abrió tres meses después de su fallecimiento. Una decisión que ha provocado algunas críticas dentro de la Iglesia.

"Los plazos en definitiva los fija el Papa, porque es el legislador universal" explica Rafael Palomino, catedrático de Derecho Canónico en la Universidad Complutense de Madrid. El mismo Juan Pablo II decidió hacer una excepción para ensalzar a la madre Teresa de Calcuta en algo más de seis años.

Aparte de esto, Palomino asegura que "se están siguiendo las fases establecidas por el derecho" para nombrar al nuevo beato. Su culto aparecerá así "vinculado a lugares concretos" y no será, como el de los santos, universal y preceptivo.

Vivencia heróica

La beatificación implica, en realidad, dos procesos: la proclamación de las "virtudes heróicas" del candidato y la demostración de que su intercesión ha obrado un milagro. (Hay otra vía de llegar a beato en la que no se precisa de un milagro: el martirio).

En el primero, un actor o promotor plantea la candidatura de un creyente muerto con fama de santidad. Normalmente es la diócesis quien da este paso, y ya que Roma es la diócesis de los papas fue el cardenal y vicario diocesano de Juan Pablo II, Camilo Ruini, quien abrió formalmente la instrucción.

A continuación se nombra a un "postulador de la causa", que recopila la información sobre la vida del candidato: escritos y testimonios, fundamentalmente. "Se le podría llamar una fase de instrucción, para conseguir pruebas dirigidas a probar que vivió heróicamente las virtudes cristianas", explica Rafael Palomino. El postulador para la causa de Karol Wojtyla ha sido el sacerdote polaco Slawomir Oder.

Una vez reunido este material, se envía al Vaticano, a la Congregación para la Causa de los Santos y allí se estudia la positio o propuesta. Si los cardenales lo estiman oportuno, lo presentan al Santo Padre para su aprobación. A partir de ese momento, el futuro beato recibirá el tratamiento de "Venerable Siervo de Dios".

El milagro

Es entonces cuando se requiere demostrar la existencia de un "milagro físico" (no moral), por intercesión del Venerable. Por "milagro" se entiende un hecho sobrenatural o una curación milagrosa que no puede explicarse médica o científicamente. Para ser beato (salvo que sea por vía del martirio), es necesario al menos un milagro; para ser santo, se exige un segundo milagro acaecido tras la beatificación.

Un comité médico (nombrado por el Vaticano) ha determinado que no existe explicación lógica para la sanación de la religiosa francesa Marie Simon Pierre, quien fue curada de la enfermedad del Parkinson, que padecía desde 2001, tras invocar la mediación de Juan Pablo II, muerto solo dos meses antes.

La causa del milagro se envía de nuevo a Roma, donde sigue un recorrido similiar al ya visto, hasta ser refrendada por el Papa. El acto final es la proclamación del nuevo beato presidida, en este caso, por Benedicto XVI.

El propio Juan Pablo II nombró a 483 santos y 1.338 beatos, más que todos sus predecesores juntos. "Quería subrayar la idea, establecida en el Concilio Vaticano II, de que hubiera santos contemporáneos, cercanos a los cristianos del s.XX y del XXI", apunta Rafael Palomino. Él, desde luego, ya está más cerca de los altares.