Oler no es sólo percibir aromas, es recordar, decidir, vincularse, protegerse, emocionarse y crear. La realidad no solo se ve y se escucha, también se respira, en cada bocanada de aire hay información, historia y emoción esperando ser interpretadas. Lo escribe Laura López-Mascaraque en su último ensayo, El fascinante universo del olfato. Un ensayo que nace el asombro, del asombro por el poder de un sentido que conecta directamente con nuestra memoria. Fue Marcel Proust el que dio nombre al efecto proustiano al describir cómo el olor de una magdalena mojada en té transportaba al protagonista de En busca del tiempo perdido a los veranos de su infancia…
Laura López-Mascaraque ha experimentado de cerca esa conexión, fue durante un taller con pacientes con enfermedades neurodegenerativas, una mujer con alzhéimer, ya muy retraída y alejada del mundo, empezó a gritar y a llorar al oler una cajita con una esencia sin nombre, lloraba de alegría, se levantó y empezó a hablar con una claridad inesperada, aquel olor, esencia de madera de cedro, le había recordado a los años en que su padre, carpintero, le fabricaba lapiceros para ir al colegio. Su padre había fallecido cuando ella tenía 10 años de edad. Aquel olor había hecho regresar el recuerdo y también su voz. El olfato como un puente, un atajo hacia lo más íntimo de lo que somos. Capaz de desenterrar memorias, provocar emociones intensas, cambiar estados de ánimo o incluso romper silencios que parecían definitivos. Hoy encendemos el fuego de la cueva para olerlo, porque el olfato es una herramienta fundamental para comprender quiénes somos, cómo vivimos y qué sentimos.
Con Jaime García Cantero ponemos coordenadas a los gemelos virtuales, a la simulación digital, y en nuestro túnel del tiempo nos reencontramos con el dramaturgo Max Aub.