Un jardín japonés, una roca antigua, un bosque después de la lluvia. Es el ritmo de lo que crece sin ruido, el de la luz que cambia sobre una pared, el de una melodía que tarda años en encontrar un lugar dentro de nosotros. La música clásica es, muchas veces, el arte del musgo. Se adhiere lentamente a la memoria hasta formar parte del paisaje interior. En esa línea, vas a escuchar las interpretaciones de Sonatas para violín y continuo en Mi menor de Bach, a cargo de la violinista Isabelle Faust, Kristin von der Goltz al violonchelo y Kristian Bezouidenhout en el clave; el Andante sostenuto de la Sonata en si bemol mayor D. 960 de Schubert, en el piano de Mitsuko Uchida; el segundo movimiento del Concierto para piano nº 2 de Rajmáninov, o Osmo Vanska, el primer movimiento de la Cuarta sinfonía de Jean Sibelius con Osmo Vanska al frente de la Orquesta de Lahti. Agradecimientos a Amir Reza Mansouri por la imagen que acompaña a este texto.