La ciencia sostiene que lugares tan destructivos para el medio ambiente como las minas o canteras, que pueden contaminar la tierra, el aire y el agua, podrían transformarse en islas de biodiversidad. Y que la recuperación de estos espacios debe figurar como una prioridad dentro de los planes nacionales de restauración que son obligatorios con la nueva Ley Europea. Lo ha comprobado un estudio reciente que cuenta con la participación del CREAF. ¿Y cómo es el paso de espacio degradado y sin vida a convertirse en refugio o isla de biodiversidad? Pues con una buena planificación guiada por la ciencia, estos paisajes pueden renacer como mosaicos de hábitats ricos y diversos.
Antiguas graveras pueden evolucionar de manera espontánea hacia dunas y taludes vegetados que crean espacios abiertos muy valiosos para la fauna. Un ejemplo de éxito lo tenemos en La Falconera, una cantera de roca caliza del Parque del Garraf, en Barcelona, donde un grupo de investigación del CREAF lleva años trabajando.
Sobre esta nueva tierra se han hecho crecer plantas adaptadas a la sequía o prados secos calcícolas, un hábitat especialmente interesante para el águila perdicera, una especie protegida que la Diputación de Barcelona quiere mantener en el Parque del Garraf.