La noticia cayó como un mazazo un sábado por la tarde, maldito 23 de julio de 2011, maldito entre los días malditos que han rebanado hermosas páginas sin escribir de la historia de la música que amamos, de esos artistas tocados por la mano de un ángel, cuyo talento ya nunca podrá revivirse. El teléfono quemaba: «Acaban de encontrar muerta a Amy Winehouse». Las fechas cuadraban y enseguida todos los informativos se apresuraron a incluir a la infortunada Amy en el tristemente famoso club de los 27. Abundaron las referencias al alcohol, las drogas, la vida disipada, otra muerte trágica de una diva del pop, nada nuevo bajo el sol. Pero nadie dijo que Amy había hecho llorar de emoción a Prince cuando el Príncipe Púrpura la escuchó cantar esa gema del soul contemporáneo titulada “Love is a losing game” el 22 de septiembre de 2007 en el club Indigo2 de Londres.