No eran molinos. Clásicos de la literatura española   Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca 07/07/2023 23:05

El Federico García Lorca que llega a Nueva York el 26 de junio de 1929 en el Olympic ya ha terminado su etapa gloriosa en la Residencia de Estudiantes; aunque quizá una parte de él todavía no lo sepa. La travesía en el buque, hermanado con el Titanic, le ha resultado agradable y pacificadora, a pesar de su enorme respeto por el mar, y ha pensado en todo lo que deja atrás. Federico García Lorca ha sido el corazón al piano de la Resi, ha fundado la Orden de Toledo con Salvador Dalí, con Pepín Bello y Luis Buñuel, y ha tocado el cielo de Madrid -y de España- con el éxito abrumador del Romancero gitano, que ya lo ha convertido en el poeta de una generación, la del 27, con Vicente Aleixandre, Rafael Alberti y Luis Cernuda, que nunca ha estado huérfana de grandes poetas. Debería sentirse en el mejor momento de su vida; sin embargo, la posibilidad de cruzar el Atlántico en junio del 29 para impartir varias conferencias en Nueva York y Cuba guarda para él un pulso interno de liberación. Así, pasada su edad feliz, con esa juventud que aún alimenta el hambre innovadora en los paseos entre los pabellones gemelos de la Residencia de Estudiantes, inventando generaciones en el Ateneo de Sevilla o fundando órdenes secretas en Toledo, el García Lorca que se mira en Nueva York se ha alejado definitivamente de Salvador Dalí, pero también ha roto con el escultor Emilio Aladrén y siente el zarpazo innecesariamente cruel de Luis Buñuel. A Federico le queda Nueva York, su pálpito de acero en las cornisas de los rascacielos, en los charcos de Harlem el verano sangriento con el aire de barro y también en la estatua de Walt Whitman, que aún parece mirarlo, y también a nosotros, desde la eternidad


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