Miguel Hernández publica Perito en lunas en 1933. Tiene veintitrés años. Cuando atraviesa el umbral de la poesía española a través de su profunda amistad con Vicente Aleixandre y Pablo Neruda, hace ya mucho tiempo que la fiesta del 27 ha comenzado. Sin embargo, ninguno de ellos sabe todavía que falta poco, apenas tres años, para que la interrumpa la guerra civil. Aunque por cronología y actividad, Miguel Hernández podría pertenecer a la Generación del 36, con autores como Luis Rosales o Dionisio Ridruejo, tanto por su neogongorismo inicial, tan evidente en Perito en lunas, como por su estilo, su evolución poética y su ligazón amistosa no sólo con Vicente Aleixandre o Pablo Neruda, sino también con Manuel Altolaguirre y Concha Méndez, que le publicarán en 1936, en Ediciones Héroe, El rayo que no cesa, es de justicia integrarlo como el hermano menor o más joven de la generación del 27. En estos cuarenta y dos poemas de Perito en lunas se aprecia la imaginación, el nervio verbal y la fluidez de un poeta que oscurece voluntariamente la lectura y la interpretación de sus composiciones. Tanto, que Gerardo Diego los llama “acertijos poéticos”, con esos objetos sencillos que forman parte de la cotidianeidad, y que el poeta eleva a un rango poético que hay que desentrañar. Todo es un homenaje a Luis de Góngora, ya seis años después del famoso encuentro en el Ateneo de Sevilla, y también en octavas reales, como el poeta cordobés en su Fábula de Polifemo y Galatea.