¿Quién es Marcela de San Félix, esa muchacha tímida, con innegable talento literario, que parece arrastrar su propia narración de intensidad salvaje y, el 23 de enero de 1621, da la espalda a la corte para ingresar en el convento de San Ildefonso, de las Trinitarias Descalzas? Tiene solamente quince años cuando cruza las puertas de la calle Cantarranas, esa misma calle que, en el actual Barrio de las Letras, muchos años después, recibirá el nombre de Lope de Vega. Pasado un mes, el 28 de febrero, recibirá el hábito trinitario. Como dote, aporta 1000 ducados el duque de Sessa. En el convento de San Ildefonso coincidirá con otra religiosa: sor Isabel de Saavedra, una hija de Miguel de Cervantes. Esas mujeres tienen sus propias sombras y les siguen de cerca, con esa otra vida que se incendia de luz, poesía, lances y amoríos más allá de esos muros, en un Siglo de Oro aún tumultuoso, cuando los grandes nombres son Lope de Vega, Cervantes, que ha fallecido en 1616, y Quevedo, que porta aún la espada y la finura analítica y burlona, de gravedad humana en versos afilados. El magma está ahí, en Madrid, pero estas mujeres se encontrarán en esa profesión de penumbra, silencios y, también, íntima libertad. El 5 de marzo de 1622, un año después de su ingreso, en una mañana casi primaveral y fría, con ese viento azul en los tejados y su propio corral de comedias ahora ensordecido, elige el nombre de sor Marcela de San Félix. Marcela es hija de Lope de Vega y de la actriz Micaela de Luján, y buscará su propio reino de penumbra en el convento, donde se volcará en la escritura.