Brocal, primer libro de Carmen Conde, publica en la colección Cuadernos Literarios de la editorial La Lectura, dirigida por Domingo Barnés y el crítico Enrique Díez Canedo. Son poemas muy breves, dispuestos en una prosa de aparente ligereza, con un hondo lirismo. No hay narratividad, sino fotografía del instante, a la forma de Henri Cartier-Bresson: curiosamente, el fotógrafo francés también comienza a hacer sus instantáneas un año después, en 1930. Es el azar objetivo, con su aire de época, que traza coincidencias invisibles. Hay conversación interminable con la naturaleza, asombro ante el tejido naciente del amor, con ese horizonte del Mediterráneo recogido del álbum de familia de la infancia, y también el fortalecimiento de su identidad como mujer. Brocal rompe las ataduras de los lugares comunes del momento más asociados a lo que se llama, entonces, “poesía femenina”, como una especie de subdivisión asociada al sentimentalismo, con una profunda madurez en el estilo poético, una intensa expresividad metafórica y una firmeza simbólica que arranca los elogios de Juan Ramón Jiménez, Azorín o Gabriel Miró, que también se cartean con Carmen Conde y le abren las puertas de las revistas literarias prestigiosas de la época. Acaba de presentarse una auténtica poeta.