En La barraca, la gran novela de Vicente Blasco Ibáñez, publicada en 1898, el año de la pérdida de Cuba, asistimos a un deslumbramiento bucólico en la huerta valenciana. La recreación sensorial es pasmosa, de una plasticidad mediterránea que convierte a Blasco Ibáñez en un espejo de la pintura de su amigo Joaquín Sorolla. En las páginas de Blasco, de la albufera a la costa, asistimos al lienzo de una plenitud: el paisaje campestre, las barracas, esa sensualidad de los tejidos y en los altos ribazos, antes de llegar a la ciudad. Estamos en la Valencia de finales del siglo XIX, en un paisaje idílico, pero también modesto y difícil, con condiciones extremas de supervivencia para el campesinado. El tío Barret, tan querido por todos, no ha podido seguir con el cultivo de la huerta heredada de sus antepasados, ni viviendo en la barraca que los ha visto nacer, amarse, enfermar y morir, por no poder pagar el arrendamiento a propietario, don Salvador. Los vecinos, desde entonces, hace ya diez años, se conjuran para que nadie vuelva jamás a trabajar esa tierra. Sin embargo, por penosas que sean tus circunstancias, siempre hay alguien con unas condiciones más duras, alguien que busca su oportunidad: así, Batiste, Teresa y sus niños, es la familia que ocupa la parcela y la trabaja, sin saber que ya tienen en contra a todos los demás campesinos de la aldea. A pesar de eso, Batiste continúa, para sobrevivir y sacar adelante a sus hijos.