Todos los habitantes de este episodio de Jaquelandia comparten la pasión por el ajedrez, la noche, la charla y una mirada poética de la vida.
Este reino mágico tiene el placer de recibir a Julio Llamazares, escritor, y gran aficionado al ajedrez toda su vida. Durante muchos años y muchas noches frecuentó el Estar Café de Madrid, una especie de Café Gijón del ajedrez donde acudían Moncho Alpuente, Javier Krahe, Miguel Angel Mendo, y el ajedrez era la excusa para reunirse. En su último libro, "El Viaje de mi padre", sigue los pasos de su padre cuando lo enviaron al frente de la Guerra Civil con apenas 18 años, y a través de este viaje, recorre parajes vacíos, pueblos envejecidos y aldeas abandonadas. Uno de los cuales tiene nombre de un término ajedrecístico: Celadas, en Teruel.
El flamenco y el ajedrez se dieron la mano con Enrique Morente, que también disfrutaba mucho del ajedrez, de la noche y de la charla. Él mismo confesaba en "Duendeando", de Radio3, que su gran afición, además del flamenco, era el ajedrez. Y que no estudiaba más porque le daba cargo de conciencia no dedicar ese tiempo a la música. Enrique explicaba que era un juego que te absorbe, en el que no te juegas dinero, solo pasión. Y que durante la partida hasta podías odiar un poco al rival, aunque a los cinco minutos volviera siempre la amistad.
En Madrid se pasaba noches jugando en El Candela, y en Granada, Morente frecuentaba La Tertulia y el pub Liberia. Si cerraba uno, acababan en el otro. La Tertulia era un hervidero cultural: por allí pasaron Krahe, Benedetti, Luis García Montero…
Y hoy hacemos un pequeño homenaje al pueblo de Cuba, porque el ajedrez en Cuba es universal, y un orgullo de país. Lo hacemos a través de la historia de Salvador Palomino, un actor, educador y empresario cultural afincado en España a quien el ajedrez ha envuelto su vida desde que un escritor lo enseñó a jugar cuando era un niño en su pueblo natal de Cuba.