En 1797, Horacio Nelson pierde un brazo y una batalla en Santa Cruz de Tenerife. Como gesto tras la derrota, recibe de los defensores españoles en la isla un barril de malvasía canaria.
Ese mismo vino llevaba décadas cruzando el Atlántico hacia las colonias inglesas de América, donde casas como la de los Cólogan, comerciantes escoceses y norteamericanos lo distribuían por Nueva York, Filadelfia o Charleston.
En 1781, semanas antes de la derrota británica de Yorktown, que pone fin a la guerra de independencia de los Estados Unidos, George Washington pidió destinarlo a sus soldados heridos. España, además, ayudaba a los rebeldes por otras vías: dinero, armas, tropas.
Ocho años después de Tenerife, en Trafalgar, Nelson muere convertido en héroe. Su cuerpo regresa en un barril de brandy. No en uno de malvasía.