Hay tecnología que envejece. Y hay tecnología que sobrevive a quienes la diseñaron.
Las sondas Voyager salieron de la Tierra en 1977 para una misión que debía durar unos pocos años. Casi medio siglo después, siguen enviando información desde miles de millones de kilómetros de distancia.
Pero mantenerlas vivas ya no consiste en añadir funciones. Consiste en decidir qué apagar.
Cada año disponen de menos energía. Los ingenieros han ido desconectando instrumentos, recuperando soluciones diseñadas hace décadas y trabajando con sistemas que pertenecen a otra época de la informática.
Y ahí aparece una cuestión que va mucho más allá de la exploración espacial ¿Qué mantiene realmente vivo un sistema tecnológico durante décadas?
El hardware importa. El software también. Pero hay un tercer elemento mucho más difícil de conservar: el conocimiento de las personas que entienden por qué aquello se diseñó de una determinada manera.
Hoy hablamos de la historia de las Voyager para hablar de obsolescencia, sistemas heredados, mantenimiento tecnológico y de algo que también afecta a bancos, administraciones y grandes infraestructuras: qué ocurre cuando desaparecen quienes todavía saben cómo funciona una máquina.
Porque conservar tecnología antigua no consiste únicamente en conservar máquinas. También hay que conservar conocimiento.
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