“Quien tiene la información tiene el poder” , una verdad antigua que la modernidad no ha logrado rebatir.
Durante siglos gran parte de ese poder lo tuvo la Iglesia, sobre todo a través de la confesión. El fiel hablaba. El confesor escuchaba. Era una de las formas más sutiles de dominio: el acceso a la intimidad moral, a la culpa, al deseo.
También han funcionado siempre las redes de espionaje. Desde los mensajeros, comerciantes y soldados que llevaban noticias sobre tropas, alianzas y conspiraciones, hasta hoy donde las redes se han extendido al ciberespacio: comunicaciones interceptadas y programas infiltrados sustituyen a muchas gabardinas, pero persiguen lo mismo de siempre, esa ventaja de información que, en la sombra, puede cambiar el curso de la historia.
Hoy Jacinto Mateos nos va a contar cómo nuestra fragilidad ya no se confiesa: se procesa, dando más información al poder