Veronica Lake nació en Brooklyn en 1922 con el nombre de Constance Frances Marie Ockelman y llegó a Hollywood siendo casi una adolescente. Su carrera explotó en 1941, cuando un mechón rubio le cayó sobre un ojo durante un rodaje y nació una imagen que el cine convertiría en leyenda. Aquel peinado, imitado por miles de mujeres, la volvió inolvidable, pero también la encerró en una máscara.
Fue una de las grandes figuras del cine negro de los años cuarenta. Junto a Alan Ladd formó una pareja magnética en películas como “El cuervo”, “La llave de cristal” y “La dalia azul”. También brilló en “Los viajes de Sullivan” y “Me casé con una bruja”. Pero detrás del mito había una mujer frágil, difícil, marcada por pérdidas, maternidad complicada, matrimonios tormentosos, alcohol y una industria que la exprimió deprisa y luego la apartó.
Su caída fue tan dura como su ascenso. Pasó de estrella de estudios a trabajar como camarera en Nueva York. Murió en 1973, con solo cincuenta años. Su historia no es solo la de una actriz hermosa: es la de una mujer devorada por el personaje que la hizo famosa.