Nellie Melba nació en 1861 cerca de Melbourne con el nombre de Helen Porter Mitchell y acabó convirtiéndose en la primera gran estrella internacional de la ópera australiana. Su padre, empresario estricto, no veía con buenos ojos que una hija hiciera carrera sobre un escenario, pero ella tenía una voz demasiado extraordinaria para quedar encerrada en casa. Se casó joven, fue madre y luego decidió perseguir su destino musical con una determinación poco común en una mujer de su época.
Viajó a Europa, estudió en París con Mathilde Marchesi y tomó el nombre artístico de Melba en homenaje a Melbourne. Su triunfo llegó en Bruselas y después en Londres, donde Covent Garden la convirtió en una leyenda. Cantó en los grandes teatros, trató con reyes, empresarios y compositores, y defendió con fiereza sus papeles, sus honorarios y su lugar.
Fue diva en el sentido más completo: caprichosa, generosa, exigente y magnética. Inspiró el melocotón Melba y la tostada Melba, hizo giras triunfales por Australia y recaudó fondos durante la guerra. Murió en 1931, después de una vida en la que convirtió la voz en imperio propio, el escenario en territorio conquistado y la fama en una forma de autoridad femenin