Mata Hari nació en 1876 en los Países Bajos como Margaretha Zelle y llegó a ser una de las mujeres más famosas y más malditas de Europa. Antes del mito fue una muchacha marcada por la ruina familiar, la muerte de su madre y un matrimonio brutal con un oficial colonial mucho mayor que ella. En Java perdió a su hijo, salió herida del matrimonio y regresó a Europa con una intuición feroz: debía inventarse otra vida o desaparecer. En París creó a Mata Hari, bailarina exótica, sacerdotisa imaginaria, dueña de un cuerpo que convirtió en espectáculo y en poder. Deslumbró a militares, diplomáticos y aristócratas, vivió entre hoteles, amantes y dinero, y acabó atrapada en la lógica venenosa de la Primera Guerra Mundial. En 1917 fue arrestada por los franceses, acusada de espiar para Alemania y convertida en la culpable perfecta: extranjera, libre, famosa y escandalosa. Su juicio estuvo lleno de indicios, prejuicios y teatralidad. Murió fusilada en Vincennes el 15 de octubre de 1917. Desde entonces su nombre ya no designa solo a una mujer, sino a una pregunta incómoda sobre el deseo, el poder y el precio de inventarse