Tras la muerte del emperador Antonino Pío, Roma inicia una inédita fórmula de poder compartido con la proclamación conjunta de Marco Aurelio y Lucio Vero como emperadores, quienes se reparten las responsabilidades entre la gestión interna y las campañas militares para afrontar los crecientes desafíos del Imperio, en un contexto de estabilidad heredada pero también de transformación política, mientras Hispania atraviesa una etapa de prosperidad económica, el Imperio continúa reconfigurando territorios como Judea tras la diáspora judía, se suceden conflictos internos como la rebelión del exgobernador Cornelius Priscianus y, en el ámbito cultural y científico, figuras como Ptolomeo desarrollan obras fundamentales como el Almagesto, reflejo del pensamiento de esta época.