En el armario de control de cualquier radio hay un aparato que no escucha la música sino lo que no suena. Su única tarea es que el silencio nunca llegue a la antena. Quizá todos llevemos dentro un detector parecido que nos hace rellenar con un «en fin» cualquier pausa. Y sin embargo ante lo verdaderamente grande callar es la única palabra que nos queda. Mario Muñoz dedica este capítulo al silencio como agente de expresión: el que declara los amores, el que protege del estruendo, el que nos eleva y el que nos enseña. Con versos de Rilke y música de Paul Simon, Gioachino Rossini, Claude Debussy o Miles Davis, bajamos el volumen del mundo durante una hora. Porque, como decía el trompetista, "lo importante no son las notas que tocamos, sino las que dejamos de tocar”.