Basilea expone permanentemente la obra del excéntrico Jean Tinguely, pionero del arte cinético. El escultor suizo revolucionó el arte con sus máquinas móviles hechas de hierro reciclado y objetos reutilizados. Sus obras combinan movimiento, ruido y humor. Crítico del arte académico, su legado se puede ver en sus monumentales fuentes en varias ciudades suizas y en diferentes museos de Europa. El más importante, el que se encuentra en la tercera ciudad helvética, considerada la capital cultural del país alpino.
Nacido en Friburgo en 1925 y formado en Basilea, encontró su verdadero espacio creativo en París, donde se instaló en 1952 junto a su primera esposa, la artista Eva Aeppli. En la capital francesa comenzó a desarrollar relieves con elementos móviles que giraban lentamente sobre fondos negros.
El controvertido artista busca el desorden mecánico. Es uno de los máximos representantes del arte en movimiento, el arte cinético.
"Creo que la civilización altamente tecnológica en la que vivimos es una civilización humana”, decía el artista y añadía que “las máquinas son humanamente posibles, que la automatización nos parece algo extremadamente, peligroso porque causa desempleo y, en verdad, la automatización es una oportunidad posible y sigue siendo algo perfectamente humano siempre que no esclavice a los hombres".
Su obra se basa en la idea de la rueda, la repetición y el cambio perpetuo. Se puede ver perfectamente en sus fuentes instaladas en ciudades como París, Basilea o Friburgo.
Todas tienen un nombre concreto, la que está cerca del Museo Pompidou es la Stravinsky, que realizó junto a Niki de Saint Phalley, la de Basilea es la fuente del carnaval. Como recuerda Ascensión Vicenzi, el artista utilizó el hierro, que a mediados del siglo XX era considerado un material pobre
Tinguely consideraba que las obras nunca estaban finzalizadas, haciendo una especie de crítica al mundo del arte, pero al mismo tiempo creando un espectáculo enorme.
"Tendremos la posibilidad de tener productos fabricados totalmente por máquinas. De este modo, la máquina, que en sí misma es un medio de expresión humana, también se volverá humana porque producirá otro lugar de trabajo. Nuestros esclavos son artificiales, es maravilloso".
Cuestiona el academicismo del arte, creando máquinas construidas en parte con objetos recuperados, deliberadamente imperfectos, oponiéndose al culto al nuevo objeto y practicando el reciclaje ya utilizado antes de él por el art brut. Estos materiales reciclados, que vuelven a la vida en instumentos con motores, se encuentran entre las innovaciones más vibrantes de la escultura del siglo XX.
Inspirado por Calder y los dadaístas denomina algunas de sus esculturas máquinas de sentimientos y piensa que pese a la mecanización nuestra civilización es aún capaz de generar sentimientos.
Entrar en su museo en Basilea sorprende al visitante, porque se siente como en un garaje de un inventor excéntrico. Muchas obras/objetos entran en funcionamiento al presionar un botón. Al apretarlo algo comienza a moverse.
"Quiere celebrar la fealdad, dice Margriet Schavemakers, curadora del Museo de Amsterdam, fabricar máquinas que no hacen nada, que no sirven para nada. Simplemente se mueven solas o que sirven para divertir a la gente. A veces consiguen un carácter muy teatral y en otras ocasiones parecen agresivas.
El primer gran éxito de Tinguely llegó en 1959 con las Méta-Matics, unas máquinas capaces de crear dibujos automáticos que el público podía accionar para producir su propia obra abstracta. Este innovador concepto despertó el interés y la admiración de figuras como Hans Arp y Marcel Duchamp, consolidando a Tinguely como un renovador del arte contemporáneo.
Durante los años sesenta, el escultor creó impactantes piezas de hierro reciclado, que luego empezó a pintar de negro uniforme, centrando la atención no en los materiales, sino en el efecto escultórico total y en el movimiento como componente esencial.
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