Daniel Tubau viene dispuesto a examinar a fondo dos maneras tramposas de usar el escepticismo, la de los magufos o terraplanistas y la de algunos antimagufos. En su sección "Sképsis, atrévete a dudar" cuenta que estamos ante dos casos de escépticos hipócritas. Un escéptico honesto, aclara nuestro colaborador, es el que opina que en muchos asuntos o es difícil o imposible afirmar algo que sea absolutamente cierto, por lo que siempre mantiene un resto de duda y, en consecuencia, rechaza el dogmatismo. No es el caso de nuestros protagonistas de hoy. A estos, Tubau les tilda de "lobos con piel de cordero" porque realmente son dogmáticos disfrazados de escépticos.
Los primeros son los conocidos como magufos. Esos a quienes les atrae lo del pensamiento mágico y suelen ser aficionados a historias de alienígenas acusando a lo que llaman ciencia oficial de esconder oscuros intereses y fabricar mentiras. Aluden a errores científicos (que los ha habido, y muchos) y recuerdan que ciertas teorías que parecían extravagantes en el pasado hoy se consideran válidas científicamente. La deriva de los continentes de Alfred Wegener es un buen ejemplo. La historia real explicada en la película "El aceite de la vida", otro.
Y ahora nos ponemos con aquellos a quienes más molestan los magufos, sus contrarios, los antimagufos. Estos suelen ocurrir al argumento de autoridad para justificar sus teorías como este: "Lo dice la ciencia". Tubau advierte que no tenemos por qué exigir que todo esté demostrado científicamente. Puede haber diversos grados de probabilidad, como decía el escéptico académico Carnéades.
Conclusiones: ideas locas o extravagentes si, ahí tenemos a Kepler o Einstein, pero puestas a prueba, contrastables. "El escepticismo no debe emplearse como un arma de combate, sino más bien como un estímulo para seguir investigando", asegura Tubau. Por tanto, instalémonos -comenta- en la modestia escéptica y no en la soberbia escéptica del que todo lo tiene claro.