Más de 2.000 kilómetros separan Tarragona y Estambul, el Mediterráneo occidental y el estrecho del Bósforo. Sin embargo, cuando caminas por las calles de estas dos ciudades mediterráneas, compruebas que tienen algo en común: miran el mar con el mismo orgullo y dialogan con su pasado. La primera es tranquila y luminosa y conserva la escala humana de las ciudades mediterráneas. La segunda, convertida en una gran metrópoli, es inmensa, desbordante, abrumadora.
Ambas fueron moldeadas por el poder de Roma y por el peso de la historia, aunque siguieron sendas diferentes.
Tarragona, la antigua Tarraco, fue una de las ciudades más importantes de la Hispania romana. Aunque nunca llegó a convertirse en capital imperial, sí alcanzó un privilegio excepcional: acoger al emperador César Augusto entre los años 27 y 25 antes de Cristo. Enfermo tras las campañas cántabras, encontró un refugio de clima benigno, protegido por la brisa de su Mare Nostrum y la convirtió por unos meses en una especie de "cocapital" del imperio. Aquella estancia transformó la ciudad para siempre.
Desde las escaleras del Pretorio, su solemne estatua continúa dominando el horizonte. El simbolismo es evidente: Tarragona creció al amparo del emperador. Durante aquella etapa comenzaron a levantarse infraestructuras decisivas, como el foro y posiblemente el acueducto conocido como Pont del Diable. Décadas después, convertida en capital de la Hispania Citerior llegarían el anfiteatro, el circo y el templo dedicado al propio Augusto, cuyos restos permanecen ocultos bajo la actual catedral.
La muralla romana, con sus piedras ciclópeas de más de dos mil años, sigue abrazando la Parte Alta. En el anfiteatro, suspendido frente al azul intenso del Mediterráneo, todavía parecen escucharse los ecos de gladiadores y espectadores. Y cuando cae la noche, los pasillos subterráneos del circo romano, iluminados tenuemente, convierten la ciudad en una "máquina del tiempo".
La relación entre los tarraconenses y su pasado romano es ahora más sentimental, pero siempre ha sido una relación interesada. Para construir sus viviendas, aprovechaban todos los restos que encontraban y necesitaban.
Hasta que a mediados del siglo XX el estadounidense William J. Bryant mostró gran interés por la arqueología de la ciudad y se ofreció a financiar las excavaciones, decisión clave para acelerar el estudio y la recuperación del anfiteatro. Corría el año 1944 y su mecenazgo ayudó a proteger el sitio de la especulación urbanística y comenzó un proceso de investigación arqueológica continuada en el tiempo.
En el anfiteatro, que fue iglesia visigoda y más tarde una cárcel, se realizan actividades de divulgación como Tarraco Viva, donde a mediados de mayo se recrean batallas de gladiadores, en colaboración con expertos y grupos de recreación que documentan estas actividades.
En Estambul, sin embargo, la dimensión histórica adquiere otra escala. La antigua Bizancio, rebautizada como Constantinopla en el año 330 por Constantino el Grande, sí llegó a convertirse en capital imperial. Primero del Imperio romano, más tarde del Imperio bizantino y finalmente del otomano.
Toda esa rica y variada historia se puede recorrer con audioguía en la muestra
Su emplazamiento explica buena parte de su destino. Situada entre el mar de Mármara y el Cuerno de Oro, controlando el paso entre Europa y Asia, fue durante siglos un cruce estratégico de rutas comerciales, militares y culturales. Si Tarragona era una gran ciudad provincial del Mediterráneo occidental, Constantinopla representaba directamente el corazón político del mundo oriental.
Las diferencias aparecen enseguida en el paisaje urbano. Tarragona se recorre despacio, entre plazas tranquilas, callejones estrechos y restos arqueológicos integrados en la vida cotidiana. Estambul, en cambio, impresiona por su magnitud y por la superposición de civilizaciones. Allí conviven mezquitas otomanas, iglesias bizantinas, palacios imperiales y bazares interminables. Monumentos como Santa Sofía sintetizan siglos de transformaciones religiosas y políticas.
Tarragona seduce desde la serenidad. Su patrimonio romano permanece sin estridencias, integrado naturalmente en la vida cotidiana. Estambul, por el contrario, abruma y fascina convertida en una ciudad que nunca parece detenerse.
Contempladas desde la historia, Tarragona y Estambul son dos orillas de un mismo mar que comparten unos orígenes similares.
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